Alocución radial de Mons. Juan Gabriel Díaz Ruiz, Obispo de Ciego de Ávila. (28-06-2020)

El Evangelio de este domingo es de esos que nos sacuden profundamente porque, en apariencia, nos enfrenta a decisiones inhumanas o ilógicas. Es relativamente frecuente el que Jesús hablara a sus discípulos o a la gente que venía a escucharlo utilizando imágenes contrastantes, sobre todo cuando intentaba hacerles comprender la radicalidad de la fe y del seguimiento que sus discípulos debían practicar. Sí queda muy claro que con Él no podemos navegar entre dos aguas o pretender la tibieza, no hay lugar para la mediocridad en el seguimiento del Maestro, y las frases sobran: “El que no está conmigo, está contra mí…”, “si tu mano derecha te hace pecar, córtatela…”, “el que no odia a su padre, a su madre, a su esposa, a sus hijos…, no puede ser mi discípulo…”, “no he venido a traer paz a la tierra. No he venido a traer paz, sino guerra…”


Sin duda que estas afirmaciones del Señor no se pueden interpretar al pie de la letra, sino que debemos encontrarles el sentido exacto, la verdad de fe que Él quería hacer entrar en las cabezas y el corazón de aquellos discípulos y multitudes lentos para comprender y temerosos de todo lo que implicara compromiso y sacrificio. Aquí está la clave para percibir lo que realmente se nos está diciendo y que la sana práctica cristiana a lo largo de los siglos ha procurado cumplir con fidelidad al espíritu y no a la mera letra. En resumen, Jesucristo, en el evangelio de hoy, nos insiste en que la fe en Él no es un pasatiempo, algo que practicamos cuando nos queda lugar; ser cristiano no es una ocupación a la que le dedicamos las sobras de nuestro tiempo y atención, sino, por el contrario, debe constituir el centro y fundamento de toda la vida del creyente y, desde allí, iluminar, sostener, guiar y brindar sentido a todo lo que somos, amamos y vivimos.

Los grandes santos cuyos nombres conocemos, y también aquellos anónimos, lo comprendieron con total claridad…, y luego, con la gracia de Dios, se esforzaron por vivirlo en cada instante de sus existencias: “perdieron” sus vidas, es decir, se consagraron a Dios con todas sus fuerzas, y por eso “ganaron” la vida eterna. Que el ejemplo de esos hombres y mujeres, como los apóstoles Pedro y Pablo, cuya fiesta celebraremos mañana, nos anime a imitarlos en el cumplimiento de las palabras de Jesús que, en definitiva, nos vienen a decir lo que afirmamos en el primer mandamiento de la ley de Dios: “Amar a Dios sobre todas las cosas.”

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s