Alocución radial de Mons. Juan de Dios Hernández Ruíz, Obispo de Pinar del Río. (28-06-2 020)

Queridos hijos e hijas doy gracias a Dios por podernos encontrar nuevamente. Soy Mons. Juan de Dios Hernández Ruíz, Obispo de esta diócesis que ocupa los territorios de las provincias civiles de Pinar del Río y parte de Artemisa.

Hoy hemos escuchado un fragmento del Evangelio que para muchos puede resultar contradictorio: “El que quiera a su madre o a su padre más que a mí, no es digno de mí. El que quiera a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí”. Si la familia es importante para nosotros, en la época de Jesús la familia lo era todo. Y Jesús pide que, para ser discípulos suyos, él tiene que ocupar el centro de todo. En caso de conflicto, seguir a Jesús es lo primero. Así nos lo recuerda también el primer mandamiento entregado a Moisés en el monte Horeb: “Amarás al Señor, tu Dios, sobre todas las cosas”. Pero a Dios nadie le gana en generosidad, y por eso finalizan sus exigencias anunciando la compensación. La recompensa por seguir a Jesús, por encima de todo, es enorme, es hacernos hijos del mismo Padre.

Jesús quiere darnos una idea muy clara para que siempre sepamos cómo actuar, por qué valores guiarnos. No se trata de amar sólo por relaciones de parentesco, sino por una opción de amor total, o dicho de otro modo, amar como Jesús amó. Y por eso sabemos que la vida que no se da es la que se pierde; la vida que salva es la que se entrega. Podemos entonces preguntarnos: ¿Hasta dónde llega mi disponibilidad para los demás, para quien me necesita? ¿Somos capaces de renunciar a nuestro amor propio, a nuestros sentimientos, a nuestros prejuicios? ¿Estamos dispuestos a entregar un rato de nuestra comodidad, una parte de nuestro tiempo, para hacer el bien?

Durante el largo período de confinamiento, seguro que en más de una ocasión hemos sentido desesperación, tristeza, incertidumbre y miedo. Quizás en algún que otro momento hemos pensado, al contemplar nuestra realidad, que llevamos una cruz muy pesada. Es humano sentirnos así. A menudo tenemos la sensación al hablar de la cruz, de que hablamos de cosas negativas y del esfuerzo que implica nuestra vida. A pesar de todo, tenemos muchos ejemplos de que el esfuerzo nos trabaja, nos modela, nos ayuda. Es la lección de la oruga, que en la lucha por salir es capaz de fortalecer sus alas y así poder llegar a volar. Sin embargo, la cruz es la clave ante el deseo de alcanzar la Vida Eterna, es la fuerza que nos levanta día a día.

Los que hemos sobrevivido esta situación epidemiológica, tenemos una nueva oportunidad para ver la vida de una manera distinta. Jesús nos invita a darle un sentido al sufrimiento, encausar las experiencias de dolor de manera que sean fuente de nuestra salvación. Ahora que estamos viviendo la primera fase de recuperación valdría la pena preguntarnos: ¿Qué he aprendido de esta etapa? ¿Cuáles serán las prioridades de mi vida en lo adelante?

La cruz es sufrimiento, es cierto; y muerte, no lo podemos negar, pero también –sobre todo– es signo de Salvación. Aún más, signo de hasta dónde llega el amor de Dios por nosotros.

Porque amar es sufrir. Es querer el bien del otro y ver como el otro elige su camino y quizá se aleja de lo que le conviene; pero quien ama está allí, esperando que vuelva, esperando que un día comprenda qué es lo que verdaderamente da la felicidad. Esto es lo que Dios, en Jesús, hace por nosotros.

Hoy el evangelio nos ha dado otra clave para nuestra vida. En el contexto de aquel momento, un enviado debía de ser tratado igual, con el mismo respeto que merecía quien lo enviaba. Así pues, el que acoge a los apóstoles acoge a Jesús que, por su lado, es el enviado del Padre.

Fijémonos: Dios envía a Jesús; Jesús envía a los discípulos. ¡Está diciendo que nosotros, cada uno de nosotros, somos enviados! Eso implica una gran responsabilidad. Como enviados debemos ser reflejo de quien nos da la misión. Cada acto de nuestra vida debe proclamar quién es el Dios en quien creemos y que nos ha llamado.

Nuestra fe está sentada sobre el testimonio de hombres y mujeres que a lo largo de los siglos han sido capaces de tomar las cruces personales y seguir a Jesús, pero pudieron hacerlo porque Dios era para ellos lo primero en sus vidas, era su absoluto. Todos ellos eran conscientes de que la cruz no era el final, sino el medio para alcanzar la Gloria. No pidamos a Dios cruces pequeñas y ligeras, sino las fuerzas necesarias para poder cargar la nuestra, pues ella será el puente que nos permitirá llegar a la Meta.

Y lo más importante es recordar siempre que no es un camino que transitamos solos. Dios va a nuestro lado. Él está ahí, al lado de tu cama en el hospital, camina contigo cuando te diriges a una cola buscando un producto necesario, te abraza cuando lloras por una situación que crees que te sobrepasa, ríe de felicidad cuando tu sonríes, y cada mañana al despertar, te dice tendiéndote su mano: “Estoy aquí, aprovecha este día para hacer el bien y ser mejor persona”.

Si cada persona en esta ciudad, en este pueblo, en este país, en el mundo, viviera así, lograríamos construir una civilización más humana y fraterna, donde la justicia, el amor y la paz no se vieran nublados por las tinieblas del pecado y la muerte. ¡Anímate a experimentarlo! Entonces junto con la Iglesia Universal proclamamos lo que reza el salmo correspondiente al día de hoy: «Cantaré eternamente las misericordias del Señor».

Que la Virgen de la Caridad nos acompañe y ponga a Jesús en nuestro corazón.

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