Alocución radial de Mons. Arturo González Amador, Obispo de Santa Clara, por Radio CMHW y Radio Sancti Spíritus (28-06-2020)

Buenas tardes a todos ustedes que nos permiten entrar en sus casas por medio de las dos emisoras provinciales de radio existentes en el territorio de la Diócesis de Santa Clara; radio CMHW y radio Sancti Spiritus. Los especialistas y técnicos de estas emisoras provinciales hacen las coordinaciones y ajustes necesarios para que estos mensajes lleguen hasta Uds; a ellos nuestro saludo agradecido y una gran bendición.

La pasada semana, al celebrar el Día de los Padres, concluíamos la Jornada Nacional de la Familia, que abarca las semanas que van desde el Día de las Madres hasta la celebración de los Padres. Esta Jornada es una invitación que, desde hace más de veinte años, la Iglesia Católica en Cuba nos viene dirigiendo.

¿Cuál es la razón de esta Jornada? Sencillamente, hay que tomar en serio la vida de nuestras familias, su presente y su futuro. Es indiscutible e insustituible el papel de la familia como espacio privilegiado para crecer en humanidad y por supuesto como lugar donde se aprende y se vive la fe. En la familia se nace y se crece, se aprende y se vive, se envejece y se muere. La familia lo es todo para el ser humano.

Con razón nuestro José Martí decía: “Son las familias como las raíces de los pueblos”. Y es cierto porque el futuro de un país se engendra y crece desde el seno de la familia, cuando en ella se forman buenos ciudadanos. El Papa Juan Pablo II nos lo recordó en su visita a Santa Clara: “Cuba cuida a tu familia para que conserves sano tu corazón”. La llamada fue apremiante.

Todo esto no son palabras bonitas ni eslóganes que repetimos; tampoco se trata de una cruzada. No, el tema de la familia es apremiante. Tenemos que pensar en la realidad de nuestras familias, pero pensar objetivamente. Pensemos qué le estamos ofreciendo a las nuevas generaciones en y desde la familia, en qué ambiente familiar crecen, qué aprenden en la familia, de qué modo los estamos educando para que sean hombres y mujeres de bien, consecuentes con su pensar y responsables de sus actos. Si somos capaces de plantearnos estos temas, de compartirlos en familia y de dar respuestas serias, estaremos apostando por la familia, de lo contrario, dejaremos espiritual y moralmente envejecer y morir a la familia.

Tenemos que ser capaces de crear ambientes sanos y apacibles donde el que nace crezca en humanidad y pueda desarrollarse como persona. Muchas veces no nos damos cuenta de la importancia de este tema.

¿Dónde se aprende a decir “te quiero”? ¿Dónde se aprende su significado y cuanto encierran estas palabras? ¿Dónde se aprende la importancia de decir “buenos días, buenas tardes o buenas noches”? ¿Dónde se aprende la nobleza de decir “por favor o gracias”? ¿Dónde se aprende a decir de corazón “no te preocupes estás perdonado” o tal vez “perdóname, me equivoqué, te fallé”? ¿Dónde se aprende el valor de un “en qué te puedo ayudar?” ¿Dónde se aprende la grandeza de un “aquí estoy contigo” o un “cuenta conmigo”? ¿Dónde se aprende el valor de la verdad y lo denigrante de “la mentira? ¿Dónde se aprende a tratar con respeto y cariño a los mayores? ¿Dónde se aprende a escuchar y a ser escuchado? ¿Dónde se inculca el respeto y la veneración por los maestros? ¿Dónde se aprende a hablar pausadamente y a no gritar? ¿Dónde se aprenden tantas cosas buenas, que hacen la vida más agradable y llevadera, esas que nos hacen mejores personas? En el hogar, en medio de la familia, ahí está la primera y más elemental escuela; todo no se puede delegar y dejar a la maestra que tiene 25 o 30 niños en el aula. Los padres son los primeros educadores de sus hijos. Tenemos que aprender del Evangelio, “a edificar sobre roca y no sobre arena”.

Afirmaba José de la Luz y Caballero, el gran maestro cubano: “La educación comienza en la cuna y termina con la muerte”… No lo dudemos, la mejor escuela es el hogar, los mejores maestros son los padres, pero ni hogar ni padres pueden ser improvisados.

Hoy renuevo la invitación que dirigí a todos la pasada semana, piensa con serenidad y objetividad en la familia y no olvides que:

– la familia es un gran don, fúndala y constrúyela sobre el verdadero amor…

– la familia es una tarea ardua, consérvala unida por encima de las dificultades…

– los hijos, un gran regalo y una gran responsabilidad, ocúpate de su educación humana y cristiana…

En la familia también se vive y se transmite la fe. ¿Nos hacemos una pregunta bien sencilla? ¿Dónde aprendió Jesús a orar, a rezar? En el hogar de Nazaret. Allí vio a María, su madre, y a José orar juntos. Allí los vio leer las Sagradas Escrituras, allí los escuchó hablar de la Historia Sagrada, del amor de Dios por su pueblo. Allí los escuchó repetir una y otra vez el Shemá Israel: «Escucha, oh Israel, el Señor es nuestro Dios, el Señor es Uno». Allí, en Nazaret, aprendió el camino de la sinagoga, saliendo cada sábado para ella con puntualidad, de la mano de sus padres. Allí los vio postrarse para suplicar a Dios. Desde Nazaret emprendió cada año el camino de Jerusalén, con sus padres y vecinos, y así aprendió el valor de celebrar junto a su pueblo la Pascua del Señor.

Queridos hermanos y amigos, ¡cuánto aprendió Jesús en Nazaret, en medio de su familia!

La familia es la primera escuela para acoger la fe. Un niño que duerme cada noche después de recibir un beso de su padre y de su madre acompañado de un “Dios te bendiga”, un niño que escucha a su padre decirle “Ven y quédate aquí tranquilo conmigo un ratico que estoy rezando, después vamos y jugamos”, un niño que ve a su madre o a su abuela poner un ramito de flores a la imagen de Cristo o de la Virgen, un niño que es llevado delante del Sagrado Corazón de Jesús, un día y otro también y siempre escucha un “tírale un besito a papá Dios”, un niño que es invitado a darle gracias a Dios antes de comer o a pedir al Señor por el abuelito que está enfermo, es un niño que llevará dentro de su alma, queridos amigos y hermanos, a su familia y la semilla de la fe que ellos sembraron en él, para toda su vida.

Uno de los santos padres, San Juan Crisóstomo, pedía a sus fieles: “Haz de tu casa una Iglesia”, con estas palabras sencillas quería señalar el valor de la familia y del hogar como espacio para la oración y para la transmisión de la fe a las nuevas generaciones y a los propios vecinos.

“La familia que reza unida permanece unida” es una exhortación que nunca pasa de moda. Si llega un buen dulce, dejamos lo que estamos haciendo y todos corremos junto a la mesa, y eso es cosa buena y bonita pero, ¿Por qué no nos reunimos para hacer una oración en familia?

Hoy todos vivimos inmersos en medio de un mundo que cada día nos exige más… corremos de un lado para otro… tenemos que ir a “resolver algo”, lo cierto es que no encontramos tiempo para nada y al llegar a la casa como que nos desplomamos, por un lado la radio y por el otro la televisión, unos con el reggaeton y otros con la novela y Dios que nunca protesta se queda en el olvido. ¡Qué pena!

Les cuento una anécdota de la vida de san Francisco de Asís:

“En una oportunidad el santo estaba caminando por el bosque con sus hermanos. Estaban en silencio, disfrutando del canto de las aves. De repente, los ojos de Francisco empezaron a lagrimear. Uno de los hermanos le preguntó preocupado: “Padre, ¿qué te pasa? ¿Por qué lloras?” San Francisco le contestó: “Lloro porque en este silencio me doy cuenta de que Dios creó a las aves para cantar y eso es lo que están haciendo. Así mismo, Dios creó a los seres humanos para alabarlo y adorarlo, pero los seres humanos ni alaban ni adoran a Dios”.

¡Es interesante! Es la verdad, rezamos poco y nos acordamos de Dios solo en las dificultades haciendo honra a aquello de “cuando truena todo el mundo se acuerda de santa Bárbara”. Nuestra vida será bien distinta si rezamos, la vida de nuestra familia cambiaría si fuéramos capaces de rezar como familia.

Es muy importante reservar un tiempo en la familia para compartir las cosas de la fe, o para hacer una pequeña lectura bíblica y un momento de reflexión y oración, o para meditar un día a la semana el rosario. Es cosa de pensarlo y programarlo; tal vez es cosa de invitar a un vecino, y si llega una visita, pues invítala también: Siéntate que vamos a rezar un rato! Mal no te hará, después hablaremos.

Queridos hermanos y amigos, hablar de Dios en familia es cosa importante y siempre será bueno pero sépanlo, hablar con Dios en familia es mejor. ¿Te animas a rezar en familia? Lo importante es empezar. Busca ayuda.

Y alguno se estará preguntando: ¿Qué es orar? ¿Es lo mismo que rezar? Por qué unos dicen “orar” y otros “rezar”? Quieren una respuesta sencilla, a lo guajiro: No se compliquen la vida. Lo importante es abrir el corazón a Dios, hablar con él de tú a tú, como un hijo puede hablar con su padre… así de sencillo. Después vendrán las especificidades.

El primer paso para hacer oración es saber que Dios siempre nos escucha, Él nos espera en cualquier momento. No hacen falta muchas palabras, basta con abrir el corazón y acogerlo. Esto es lo más importante.

Pero, ¿qué hago? No sé qué decir. Es que no me sé las oraciones… Miren, todos, en algún momento de la vida hemos estado vinculados a un niño de brazos que aún no sabe hablar, un hijo, un sobrino o un vecinito… ¿Cómo hemos sido capaces de percibir el cariño, la empatía o los deseos de ese niño? De mil formas, sin que él pueda decir una palabra somos capaces de adivinar que su corazón algo quiere decir. Lo mismo Dios, basta que nos detengamos frente a Él y que nuestro pensamiento se eleve a Él, así empieza la oración, con ese encuentro, con ese estar, no hacen falta muchas palabras, basta pensar en acogerlo.

Santa Teresa de Jesús definió la oración como “tratar a solas con quien sabemos que nos ama”. Tratar es estar y hablar, es compartir y detenerse, es abrir a Dios nuestro corazón con todas sus alegrías y preocupaciones, es confiárselas a Él, porque es un padre bueno y sabemos que no nos va a traicionar.

No te preocupes, el próximo domingo hablaremos un poco más de la oración. De momento di:

Señor, tú me amas y yo quiero amarte con todo mi corazón pero también con toda mi familia. Amén.

Te amo, oh Dios mío.
Mi único deseo es amarte hasta el último suspiro de mi vida.

Te amo, oh Dios infinitamente amoroso,
y prefiero morir amándote que vivir un instante sin Ti.

Te amo, oh Dios mío,
y tan solo deseo ir al Cielo para tener la felicidad de amarte perfectamente.

Te amo, oh Dios mío,
y mi solo temor es ir al infierno porque allí nunca tendría la dulce consolación de tu amor.

Oh Dios mío,
si mi lengua no puede decirte a cada instante que te amo,
por lo menos quiero que mi corazón lo repita cada vez que respiro.

Dame la gracia de sufrir mientras te amo,
y de amarte mientras sufro,
y de expirar un día amándote y sintiendo que te amo.

Te suplico que cuanto más cerca esté de mi hora final,
aumentes y perfecciones mi amor por Ti. Amén.

Que la bendición de Dios todopoderoso + Padre + Hijo y + Espíritu Santo descienda sobre Uds, sobre sus familias y siempre les acompañe. Amén.

Sagrada Familia de Nazaret, ruega por nuestras familias.

Que todos tengan un buen domingo, feliz tarde.

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