Mensaje de Mons. Juan Gabriel Díaz Ruiz, Obispo de Ciego de Ávila, para el domingo 21 de noviembre de 2021 XXXIV del tiempo ordinario y festividad de Cristo Rey del universo.

Una de las verdades más reconfortantes de la fe cristiana es la certeza de que nada en este mundo, ni en el Universo, funciona caprichosamente; ni estamos, por tanto, abandonados a nuestra suerte o al azar impredecible de las fuerzas de la Naturaleza. Estamos en las manos de Dios, lo cual significa que hay un sentido, una dirección determinada en todo lo que existe y sucede. De manera particular, nosotros, los seres humanos, somos objeto de un amor preferencial de parte de Dios, no somos una criatura más en el enorme y maravilloso conjunto de la Creación. El Señor, desde toda la eternidad, nos ha amado y ha dispuesto que todas las cosas se encaminen hacia el punto final que Él ha determinado.

La solemnidad de Cristo, Rey del Universo, quiere, precisamente, hacer énfasis en el dominio absoluto que Él tiene sobre todo lo que existe. Es cierto, que las realidades y acontecimientos que vivimos a lo largo de las épocas pasadas y presentes -también lo que podemos intuir del futuro- parecen, con mucha frecuencia, decirnos lo contrario: nos invitan a desanimarnos y a repetir la antigua frase del libro del Eclesiastés, “Nada nuevo hay bajo el sol…” A menudo, el panorama del mundo actual es desalentador y nos afirma, en apariencia, que no hay lugar para la esperanza o la estabilidad: los vaivenes de la historia humana son muy fuertes y aparentan no tener un rumbo definido. Dicho todo lo anterior, únicamente la fe puede iluminar nuestras tinieblas, porque no solo nos invita a esperar en Dios, sino que posibilita descubrir su presencia en la vida cotidiana. Solo desde la fe es posible calibrar la fuerza de lo pequeño e insignificante -como la semilla de mostaza de la parábola- a través de lo cual actúa el Señor para realizar grandes cosas. Solo desde la fe se puede tener “esperanza contra toda esperanza…”, aun en medio de las situaciones sin aparente remedio. En definitiva, fe en Cristo, el Señor, en cuyas manos está el destino del Universo.

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