Mensaje de Mons. Dionisio García Ibáñez, Arzobispo de Santiago de Cuba. XXXIV Domingo del Tiempo Ordinario, 21 de noviembre de 2021 Solemnidad de Cristo Rey

Hermanos,

Hoy estamos celebrando el último domingo del Año Litúrgico, aunque hemos venido hablando los últimos domingos sobre esto, creo que es bueno recordar hoy que el recorrido litúrgico de la Iglesia, la oración comunitaria, no se rige por el año civil. El año civil comienza el 1 de enero, llamado Año Nuevo, día que comienza el nuevo año, hasta el 31 de diciembre que en muchos países le llaman “noche vieja”, la última noche… ya se acabó el año.

El ciclo litúrgico de la iglesia, nuestra oración pública, está centrada en Jesucristo nuestro único Salvador; y por lo tanto en cada año nosotros recorremos los acontecimientos principales de la vida de Jesús que es la historia de nuestra salvación. El Año Litúrgico lo comenzamos con el primer domingo de Adviento, la semana que viene, veremos las vestiduras moradas en señal de que es un tiempo de austeridad, un tiempo de preparación. El Adviento no es más que esperar la venida del Mesías, por eso en esas cuatro, cinco semanas, me gusta decirlo así, es como si nosotros estuviéramos resumiendo todo el Antiguo Testamento. Porque el Antiguo Testamento no es más que la preparación de la venida del Salvador, del Mesías.

Por eso, en esas cuatro semanas, las figuras fundamentales que van a venir en las lecturas, aparte de Jesús que es el centro, son del Antiguo Testamento: los profetas, Isaías, pero también María y Juan el Bautista que son del Antiguo y del Nuevo Testamento, me gusta decir que ellos son como una bisagra, una parte está en el Antiguo Testamento y otra se abre al Mesías. María porque lo lleva en su seno, y Juan Bautista porque lo anuncia y señala. Y después de este tiempo de Adviento, con el Nacimiento del Señor: la Navidad, la alegría; después vienen los otros momentos claves de la vida de Jesús, la adoración de los Reyes, el bautismo del Señor, inmediatamente ya entramos en su Pasión. El tiempo de Cuaresma, pero fíjense bien que Jesús es el centro. En el nacimiento, Jesús es el centro; los reyes vienen a adorar a Jesús, que es el Mesías; el bautismo, es el bautismo del Señor. Así la pasión de Cristo con su resurrección, también es el centro.

Después vienen otras fiestas, también importantes para nuestra fe, para nuestra historia de salvación. La venida del Espíritu Santo en Pentecostés, la Santísima Trinidad, Corpus Christi… la fiesta de muchos Santos porque fueron testigos de Cristo, para nosotros la más grande es la Caridad, María la Madre del Señor, Patrona Nuestra. Y termina un día como hoy, el último domingo del Año Litúrgico, con la Fiesta de Cristo Rey.

Fíjense bien que esta fiesta de Cristo Rey, tal como nosotros hemos leído en estas lecturas, en la del profeta Daniel, en el Salmo 92 que acabamos de rezar todos y también en el Apocalipsis, tienen una misma línea, yo diría un mismo lenguaje. Claro, porque tanto la de Daniel como el Apocalipsis forman parte de ese género bíblico que se llama apocalíptico. Es un género que tiende hacia el futuro, es un género que está lleno de imágenes, está lleno de palabras que enaltecen, que descubren cuál será la realidad futura. Y ese género se da, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento.

En el libro de Daniel hay palabras, como vamos a ver, que se repiten casi textualmente en el Apocalipsis. ¿Por qué? Porque son dos libros que hablan de futuro, y que hablan de la victoria de Dios; que hablan que este mundo pasará, y que Dios dará sentido a las cosas. “A Él se le dio el poder, el honor y la gloria, y todo los pueblos, naciones y lenguas le servirán”; está hablando de ese Mesías que viene. Aquí dice, “una especie de hombre avanzó hacia el anciano venerable, llegó hasta su presencia, su poder es eterno”. Nos está diciendo que la victoria es de Dios. La victoria no es del hombre, no es de la creación, porque la creación depende de Dios y es creatura de Dios, la victoria es del mismo Dios.

Si nosotros vamos a la Apocalipsis, es exactamente igual, pero ya da nombre. Ya no dice que alguien, una especie de hombre entre las nubes, no dice así. Dice, “Jesucristo, el testigo fiel, el primogénito de entre los muertos, el príncipe de los reyes de la tierra”.  Ya dice, ése que profetizaron es Jesucristo, y ahí se centra lo que más queremos y deseamos nosotros; que la victoria y la vida nuestra esté basada en el bien y en el amor, que el mal no sea el que triunfe. En definitiva, es eso.

Estos libros son libros de esperanza. Estamos pasando cosas malas, estamos pasando cosas injustas, estamos pasando cosas que denigran al hombre, pero el Señor vendrá. El Señor vendrá y la verdad saldrá a flote. Y utilizan casi las mismas palabras: en el libro de Daniel “una especie de hombre entre las nubes del cielo”; y aquí inmediatamente en el Apocalipsis nos dice, “miren él viene entre las nubes. Él es el alfa y la omega, el principio y el fin, todo fue hecho por Él, en Él y para Él”.

Entonces hermanos, estos dos libros, todos los libros proféticos y apocalípticos, son libros de esperanza. Son libros que nos confirman en la fe. El mundo podrá rechazar a Jesús, no lo tendrá en cuenta, el mal parece que es el que triunfa y aplasta el bien. No, no se desesperen, el bien va a triunfar. Tenemos que pedirle la gracia y la fuerza a Dios, porque la verdad algún día sale, y la verdad es la que nos hace libre, en la medida en que nosotros vivamos según ella. El mismo Salmo no es más que un cántico de alabanza. “El Señor reina”, es una afirmación, “el Señor reina vestido de majestad”.Es lo que hemos rezado. ¿Qué estamos diciendo? que Jesucristo es el Señor, es el Rey.

Esta fiesta no tiene mucho tiempo en la Iglesia. La Iglesia la instituyó precisamente para que nos demos cuenta de aquella frase de San Pablo: “al final de los tiempos todo va a ser recapitulado y será puesto en sus manos, porque todo fue hecho por Él, en Él y para Él”. Esta es la fiesta en que celebramos que toda la creación será recapitulada en Él, y que como dice Pablo, seremos semejantes a Él. No sabemos cómo será, pero seremos semejantes a Él. Por lo tanto, hermanos, mucha esperanza, mucha confianza en Dios.

Le damos el título de Rey, porque es el título que, en la época en que se escribieron estos libros, tenían un soberano. Y el soberano era aquel que tenía el poder de verdad, el poder estaba en sus manos. Este es un aspecto que hay que tenerlo claro, la esperanza, la confianza en Dios.

Yo también quisiera reflexionar a partir de una conversación que tuve en estos días, de una anécdota. Bien, decimos que Jesús es el Rey, Ahora bien ¿de qué y para qué? Voy a partir de la anécdota. Hay un sacerdote joven que trabaja en la montaña de la Sierra, en esa zona en que los franceses construyeron muchos cafetales a finales del siglo XVIII y principios del XIX.  Ahí no hay ningún templo, son cerca de 58 comunidades, se celebra en las casas de los fieles que dan su casa, o dan un árbol bajo cuya sombra se celebra. En una de esas comunidades, caminando, porque hay veces que tiene que llegar a pie, uno de los pobladores le dice, “aquí está la tumba del esclavo”.

Él que conoce un poco la historia de esa zona porque esa es su especialidad, le dice: “ah sí”. Entonces le explican que hace algunos años haciendo un hoyo encontraron un esqueleto. Buscaron y dieron parte, se dieron cuenta que era muy antiguo. Vinieron antropólogos, él se sorprendió de que los pobladores de allí le dijeran la palabra antropólogos, y determinaron que era un hombre de fuerte complexión, de la raza negra y por la manera del cráneo determinaron de qué tipo de nación de África era; no recuerdo si le supieron decir si congo, si caravalí, mandinga… Ubicaron a la persona y que la fecha del fallecimiento era precisamente en la época en la que la esclavitud estaba presente, y además, en esos lugares habían cafetales, que toda la industria se basaba en la mano de obra esclava.

Comenzamos a conversar, ¿quién sería ese hombre?, ¿habría nacido en Cuba, sería criollo o había nacido en África? Si había nacido en África, lo habrían cogido a la fuerza y traído para acá. Aquí trabajaría de esclavo en esas plantaciones de la montaña, a más de mil metros de altura en esa zona. Murió y no lo enterraron en un cementerio, porque era la tumba del esclavo, no el cementerio. Murió y lo enterraron, se acabó. ¿Cómo sería su vida?, tal vez en las habitaciones, los cuartos de los esclavos ¿Sería una vida de sufrimiento, una vida de trabajo? Una vida frágil, murió y los enterraron. Yo me puse a pensar, ¿qué sentido tiene la vida si nosotros no miramos a un Dios que es nuestro Señor, nuestro Padre y nuestro Rey? Que a la vez es Pastor, porque así también llamamos a Cristo, no solamente le llamamos Rey. Es Pastor, es puerta por donde uno llega a Dios.

Sino creyéramos en ese Jesús que es Pastor, que es Puerta, que es Rey, que es Soberano, ¿qué sentido tiene la vida de ese hombre? ¿Qué sentido tuvo? Nació en África, lo trajeron, lo vendieron, lo tuvieron como una cosa, trabajó, murió, lo enterraron. ¿Qué sentido tiene eso? Sentido tiene cuando uno se pone a pensar, y uno dice que ese hombre que vivió y murió así, ese hombre ante los ojos de Dios tiene un valor incalculable, porque Jesucristo murió en la cruz por él. Jesús es Soberano, es Rey. ¿De quién es Soberano, Rey y Pastor? De todos, pero principalmente, como Él dice, de los pobres, “yo vine a salvar lo que estaba perdido, yo vine a salvar aquello que el mundo desprecia, yo vine a salvar a aquel que no me conoce pero que me necesita, yo vine a salvar a aquel que quiera hacer la voluntad de Dios”. Así, si tiene sentido la vida. Y la vida de este hombre que no sabemos ni su nombre, porque no había nada, ni una lápida ni nada, sabemos que el Señor Jesús murió por él y pedimos para que la misericordia de Dios lo tenga a él, que entregó su vida con sufrimiento y vivió con sufrimiento, el Señor le tenga junto a él. Ésa, sí es la victoria, lo demás no es victoria, lo demás es olvido, lo demás es muerte, lo demás es pasar por pasar.

Cuando uno piensa en Dios, es que las cosas tienen sentido. Cuando una piensa en Dios, es cuando la esperanza crece. Cuando una piensa en Dios, es cuando uno dice he venido porque sé que el Señor me espera.

Hermanos, ojalá que esta fiesta de Cristo Rey que celebramos con mucha alegría, con mucha grandeza, nosotros en Cuba cantamos hoy a Cristo Rey la canción “Tú reinarás”, y es verdad, Él reinará. Tenemos que pedirle al Señor que reine, que hace falta que su palabra reine sobre la Tierra. No solamente cuando estemos junto a Él, sino que reine sobre la Tierra. Para lograr eso, nosotros tenemos que ser los que acojamos a Dios en nuestro corazón, y que el señorío de Dios nosotros lo sepamos reconocer, para no reconocer ningún otro señorío de los hombres que nos quieren apartar de Dios y nos quieren apartar de sus caminos.

Celebremos la fiesta de Cristi Rey diciendo, Señor tú eres mi Rey, tú eres mi Pastor, tú eres mi Soberano, tú eres la Puerta que me lleva a la salvación y celebrémosla con alegría, porque también el Señor nos ha llamado a ser sus testigos. Que Dios nos ayude a todos a vivir así.

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