La Virgen María en la poesía de Dulce María Loynaz


Por Fatima de los Ángeles Pompa Frometa*


En la obra poética de Dulce María Loynaz (1903-1997) es recurrente la presencia de María en su poemario Versos, que recoge textos escritos entre 1920 y 1938, y aparece su “Oda a la Virgen María”, una loa proverbial donde tanto la autora como el lector se ponen ineludiblemente en manos de esa cordialidad que transfiere lo leído, una seguridad que mana de la espiritualidad visible:
Virgen María:
A tu luna azul…
Yo iría
esta noche tan larga
a recoger un poco de luz…
Hoy tengo aquí un camino de tierra
dura, gris…
Pero aún me vuelvo en la indecisa hora
y pruebo a llamarte…

En “Poemas sin nombres” (1953), permanecen múltiples visiones de la Virgen, en el Poema IV la poetisa cuenta: “Cuando yo era niña, mi madre siguiendo una tierna tradición…, gustaba de enviarme por el mes de mayo a ofrecer flores a la Virgen María… y el avemaría tuvo en mis labios infantiles frescura matinal de Anunciación”. Otra vez se advierte la confesión de su amor por María, muy ligado a las raíces primigenias de la nación a través de la inserción de lo hispánico en Latinoamérica.

En el Poema CXX la ficción poética se mezcla nuevamente en el relato bíblico, en esa capacidad del numen por excelencia para ofrecer lo novedoso sin alterar el fundamento sacro escogido para hacer literatura artística:
Isabel ha partido con María su yantar humilde, y
luego se han sentado las dos en la ventana a coser
ropas menudas, mimo de ovillos y de lanas, para
los infantiles que ambas esperan…
Y María levanta al fin su rostro sumido en la
labor… Parece que la voz le tiembla en la sonrisa.
         
El amor a la patria adquiere en Dulce María Loynaz dimensiones líricas especiales, es una manera, un estilo personalísimo capaz de sintetizar lo humano y lo divino, lo magno y lo humilde en un todo donde confluyen aquellos elementos que alcanzan el resumen de la cubanía, así ocurre en el Poema CXXIV, cuando la alabanza a la patria amada se convierte en condición indispensable para la escritora, que se desplaza en un lenguaje de apelativos para lograr el enfoque poético de lo nacional y lo continental, la presencia mariana resulta metáfora sorprendente: “Isla mía, ¡qué bella eres y qué dulce!.. Vértebras de cobre tiene tus Serranías… Descanso de gaviotas y petreles, avemaría de navegantes, antena de América: hay en ti la ternura de las cosas pequeñas y el señorío de las grandes cosas”. De la lectura entrelineas resulta un perceptible sentido de pertenencia extensivo al que interpreta la esencia del pensamiento subyacente.
A “Poemas Náufragos” (1990), pertenece la crónica, “La Paz, 24 de diciembre de 1945”. En ella se lee un fragmento donde destaca evidencias legítimas de la piedad popular latinoamericana, relacionadas con la devoción a la Virgen María:
Sentada en el suelo, sobre su atado de ropas y frente
al altar de la Virgen, una mujer india llora desolada.
Por momentos se enjuga al llanto con el pañuelo
amarillo de muchos sudores y habla entonces con
la Virgen, le dice algo en su idioma quechua, cargado
a la garganta.
Quisiera consolarla de alguna manera, y no me
atrevo… Tengo a mano unos soles de oro, pero
cómo voy a dar dinero a quien puede conversar
con la Virgen, a quien es tal vez, en medio de su
llanto y de su miseria, más rica que yo…
                       
Del mismo poemario es el “Tríptico de San Martin de Loynaz”. Aquí la autora deja sentado el referente familiar de su fidelidad al culto mariano: “…El nombre de la Virgen rondaba hacía tiempo la vieja casa salariega de los Loynaz: el nombre de la Virgen -paloma musical- hacía nido en el alero de la casa, nido de mínimos presagios…” Exquisito lenguaje figurado le sirve para expresar una ascendencia persistente en sus creaciones más íntimas.

La excelsa escritora no solamente menciona, sino va más allá, aborda desde su lírica la participación de María en momentos bíblicos culminantes, es el caso de “El primer milagro”, donde el texto sagrado se funde con la ficción lírica, y contribuye a dar un tono realista y contemporáneo a lo narrado, acogiendo con familiaridad la esencia mariológica: “María sintió pena por la pena humilde… Se volvió entonces a su hijo… Había en los ojos que lo miraban un ruego inocente, que él mismo no acertaba a comprender. Era como si le nacieran auroras en el pecho, como si le hormiguean luces en la sangre. Ella nunca pidió nada, pedía ahora tan poco, que él se sintió vagamente disgustado, pesaroso de gastar en esa nimiedad su última ternura de hijo, su primera fuerza de Dios”.

La poética de quien fue distinguida con el Premio Cervantes es la suma de una espiritualidad asentada en la conjugación de su acervo cultural entrenado en la sensibilidad como materia prima, componentes que manifiestan una manera de enfocar la realidad como suma de herencias universales, su poética es también muestra de la asunción del conocimiento como vía de satisfacción que enriquece la personalidad.     

*Parroquia San Salvador de Bayamo, Diócesis Bayamo-Manzanillo.

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s