Mensaje radial  P. José Rolando García, OSA, párroco de Chambas en la Diócesis de Ciego de Ávila, cometario del evangelio del  XXVI Domingo Tiempo Ordinario, 25 de septiembre de 2022

Queridos hermanos,

El Evangelista Lucas lo tiene muy claro y así nos lo está intentando mostrar a nosotros desde hace algunos domingos en los textos que leemos de su evangelio: «preocúpense por tener un tesoro allá donde la polilla no pueda roerlo; háganlo también por entrar por la puerta estrecha; a los ricos les va a ser difícil entrar en el reino de los cielos; y no se puede servir a dos señores; y además estén atentos porque no se sabe ni el día ni la hora». En la parábola del evangelio de este domingo XVI del tiempo ordinario, sigue insistiendo en el tremendo peligro que suponen las riquezas y, por extensión, las posiciones, que pueden llevarnos a olvidar lo realmente importante. Lo que en este mundo consideramos importante está muy lejos de serlo en el Reino de Dios. Conocemos el nombre del pobre del relato: Lázaro, pero desconocemos el nombre del rico, al que el evangelio nombra con un adjetivo, epulón, que significa: el que da grandes banquetes y comilonas. En nuestro mundo los nombres que conocemos bien son los de las personas más ricas y poderosas, los epulones del presente, hasta hay listas que se renuevan cada año donde figuran los nombres de los detentadores de estas inmensas riquezas. Pero los nombres de los pobres más pobres los desconocemos, los vemos por televisión cuando vemos reportajes de lugares del mundo donde las personas mueren de hambre o tienen que emigrar en masa de sus hogares y solo llevan lo puesto. ¡Qué distinto de la forma de ver las cosas que tiene Jesús! Ahí los pobres cuentan y tienen nombre.

Las riquezas son, en sí mismas, ni malas ni buenas, pero ejercen una seducción poderosa. El hombre hace de ellas fácilmente su dios, entonces se nubla el camino hacia el Dios de verdad y el corazón se llena de egoísmo. La pobreza no es, por sí misma, una virtud, pero puede enseñarnos a valorar correctamente las cosas y darle a cada una su justo valor, convirtiéndose en camino para la salvación eterna.

No puede establecerse una especie de dicotomía entre pobres y ricos, como si estos fueran los malos y aquellos los buenos. La pobreza no condujo a Lázaro al cielo, sino la humildad. Las riquezas no impidieron al rico entrar en el seno de Abraham, sino su egoísmo y poca solidaridad con el prójimo. Hace falta una civilización del amor y de la solidaridad. Hoy a escala mundial, hay naciones bien alimentadas y otros muchos pueblos hambrientos. El apego a los bienes de este mundo corrompe el corazón del hombre y destruye toda posibilidad de sentido fraternal. Por eso, no basta redescubrir el valor de la pobreza, sino que es preciso abrirse a la solidaridad con los demás. No caigamos en el mal de la indiferencia ante esta realidad que ha existido siempre. Hay muchos epulones en nuestra época y todos lo somos un poco o un mucho cada vez que pensamos en la categoría y calidad de nuestras mesas, mientras que otros pasan hambre. Yendo al fondo del asunto, lo material, el cariño por el capital nos impide llegar a Dios o, mejor dicho, no nos deja instalar a Dios como fundamento, principio y fin de nuestra historia. Cuando el hombre se empeña en vivir más allá de sus posibilidades y a todo tren, se deshumaniza. Nunca como hoy el ser humano ha tenido tanto y, nunca como hoy, ahí están las estadísticas, las personas soportan desencanto, ansiedad, depresión o recurren a otras salidas; la vida se les hace insípida, dura y misericordia, tremendamente pesada. ¿Qué hacer? Hoy, ser creyente implica optar; no podemos pensar que nuestras prácticas religiosas y la participación en los sacramentos nos eximen de cumplir con los sagrados deberes de la justicia y la caridad con nuestro prójimo. No podemos vivir pensando en nosotros mismos. El inicio del texto de San Pablo, de la segunda lectura de hoy es ya, de por sí, todo un programa de vida: «practica la justicia», es decir, cumple tu deber, ponlo por obra, haz lo que tienes que hacer. ¡Cuántas veces nos quedamos en las palabras! ¡Cuántas veces todo se reduce a promesas, a bellos proyectos de lucubraciones más o menos utópicas, a fantasías carentes de toda realidad posible! El tribunal de Dios no admite componendas, no hace distinciones entre el rico y el pobre, solo mira en el libro donde se hayan escritas las buenas y las malas acciones, según sea el balance, así será el resultado. Así que esforcémonos por estar nosotros también en el seno de Abraham.

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