Mensaje de Mons. Juan de Dios Hernández Ruiz, SJ, Obispo de Pinar del Río. Comentario del evangelio del XV domingo del Tiempo Ordinario, 10 de julio de 2022

Queridos hijos e hijas soy Mons. Juan de Dios Hernández, obispo de esta diócesis de Pinar del Río y pastor de todos.

El evangelio de hoy nos plantea la pregunta que busca todo hombre en su vida. ¿Qué se debe hacer para ganar la vida eterna? Al igual que hace XX siglos hoy continuamos preguntándonos lo mismo. Con esto, nos percatamos que no todo termina en esta vida. Esperamos y sobre todo buscamos aquella vida que nos hará eternos. ¿Cuántas películas y cuántos libros se han escrito sobre personajes que quisieran vivir para siempre? Porque en esta vida nos podremos esforzar por superar cualquier dificultad pero a la muerte, ¿quién sino Cristo la puede vencer?

Si a algo temen los hombres en esta vida es precisamente a la muerte. Nos resistimos a morir y a que otros seres queridos mueran. Y es que la muerte es como un coche con velocidades en donde una vez que avanzamos ya no podemos volver a la vida. Imposible volver a vivir a no ser que venga la resurrección de los muertos. Hoy Cristo nos muestra un camino que puede vencer a la muerte y que nos hará ganar la vida eterna: el amor. Imposible que el hombre pueda vivir sin amor. Estamos hechos para amar y el día que no amemos entonces ese día comenzaremos a morir. No permitamos que nuestro amor se convierta en un amor seco a nosotros mismos.

Amemos a nuestro prójimo como Cristo nos amó, hasta el punto de dar su propia vida. Con este ejemplo de Jesús, ¿nosotros seremos capaces de pensar bien de los demás y de hacerlos felices con palabras y comentarios positivos?

Hoy el Evangelio nos muestra a un doctor de la ley que plantea una cuestión legal a Jesús. De entrada, el legista está caracterizado negativamente: quiere poner a prueba a Jesús y quiere justificarse. Sin embargo, y aunque el desencuentro entre ambos parece evidente, el Maestro Jesús le atiende y somete a su consideración una de las más hermosas parábolas de los evangelios. En ella se ofrece una lección para la vida que tiene como sello característico la misericordia.

El buen samaritano queda como paradigma de todas las personas que invierten sus energías en ver, intervenir y ocuparse de todos los heridos que encuentran a lo largo del camino. Personas que sacan su tiempo para escuchar, acompañar, animar y responder con creatividad abriendo nuevas posibilidades. La parábola de Jesús recoge en siete verbos lo que significa la misericordia para el buen samaritano: acercarse, vendar las heridas, subirlo a su cabalgadura, llevarlo a la posada, cuidarlo personalmente, asumir los gastos, seguir ocupándose de él hasta el regreso) ¿Con qué siete verbos puedo expresar hoy, en mis circunstancias, lo que es la misericordia hecha vida?

Mientras los otros pasaban de lado, el samaritano, cuando vio a ese hombre, “sintió compasión”, nos dice el Evangelio. Pero, ¿por qué Jesús elige a un samaritano como protagonista de la parábola? Porque los samaritanos eran despreciados por los judíos, por las diversas tradiciones religiosas. Sin embargo, Jesús muestra que el corazón de ese samaritano es bueno y generoso y que —a diferencia del sacerdote y del levita— él pone en práctica la voluntad de Dios, que quiere la misericordia más que los sacrificios. Dios siempre quiere la misericordia. Quiere la misericordia del corazón, porque Él es misericordioso y sabe comprender bien nuestras miserias, nuestras dificultades y también nuestros pecados. A todos nos da este corazón misericordioso. El samaritano hace precisamente esto: imita la misericordia de Dios, la misericordia hacia quien está necesitado.

Muchas lecciones les ha dado Nuestro Señor a los fariseos, pero ninguna tan bella como ésta. Es de esas ocasiones en las que Cristo da a conocer su doctrina y su mandamiento a todos los hombres, y lo hace de manera muy velada.

Amar al prójimo no es muy fácil, porque requiere donarse a los demás, y ese donarse cuesta, porque no a todos los tratamos o queremos de la misma manera. Por ello tenemos que lograr amar a todos por igual, sin ninguna distinción. Quererlos a todos, sin preferir a nadie. Es difícil mas no imposible.

Dios nos ha dado el ejemplo al vivir su propia doctrina: «no hay amor más grande que el que da la vida por sus amigos», pero Él no la dio solo por sus amigos, sino también por sus enemigos, y muchos santos han hecho lo mismo.

Sabemos la lección: amar sin medida. Ahora hagámosla vida.

Que María de la Caridad ponga a Jesús en nuestros corazones.

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