Mensaje de Mons. Juan de Dios Hernández Ruiz, SJ, obispo de Pinar del Río. Comentario del evangelio del IV domingo de Cuaresma, 27 de marzo de 2022

Queridos hijos e hijas: soy monseñor Juan de Dios, Obispo de esta diócesis y pastor de todos.

Es habitual en Jesús ilustrar su mensaje con parábolas. Este cuarto domingo de cuaresma la liturgia nos regala la Parábola del Hijo Pródigo, o del Padre Misericordioso, como también se conoce. Los personajes protagónicos son dos hijos y un padre. Comportamientos totalmente diferentes. Se espera reproche y condena por parte del padre y lo que se resalta es su inmensa misericordia. Incomprensible la actitud del padre. Los oyentes, una vez más, quedan desconcertados.

La historia del hijo pródigo es de una genial sencillez y tiene la virtud de interpelar de modo universal a todos. El clásico error humano de confundir la felicidad con la satisfacción de nuestros deseos sin ningún tipo de barreras, aparece encarnado en el hijo menor, a quien la prosperidad paterna lo apellida de pródigo. Consciente de su poder adquisitivo, el hijo ha acariciado en su pobre corazón la posibilidad de dar rienda suelta a todas sus apetencias, rectas o no, sin los límites que supone la estabilidad del hogar paterno. Aquel corazón sin dominio propio y falta de libertad en casa, en poco tiempo verifica, malgastando su herencia en un país lejano, que era mucho menos libre fuera. El desdichado termina cuidando cerdos de un tercero, mientras envidia en tiempo de hambre la comida que reciben aquellos animales, impuros para un judío, pero mejor alimentados que él. Es entonces cuando todo el amor paterno, volcado durante años sobre aquel hijo, brilla en la oscuridad de su alma en forma de añoranza, que se convierte en humilde conversión. Y entonces “volvió en sí”.

En este tiempo de Cuaresma todos podemos vernos retratados en el hijo que necesita conversión y perdón. Como explica san Josemaría Escrivá de Balaguer, “la vida humana es, en cierto modo, un constante volver hacia la casa de nuestro Padre. Volver mediante el arrepentimiento, esa conversión del corazón que supone el deseo de cambiar, la decisión firme de mejorar nuestra vida, y que —por tanto— se manifiesta en obras de sacrificio y de entrega. Volver hacia la casa del Padre, por medio de ese sacramento del perdón en el que, al confesar nuestros pecados, nos revestimos de Cristo y nos hacemos así hermanos suyos, miembros de la familia de Dios”.

Jesús nos invita también a vivir la comprensión y la misericordia del padre de la parábola. Resulta conmovedora la narración de sus gestos y actitudes, retratando las virtudes divinas y las de los buenos educadores: el padre respeta la libertad del hijo, sin salir a controlarlo, provocando quizá que se alejase aún más; confía con heroica paciencia en el cariño y la formación que puso en él; espera por eso a diario su libre regreso, viendo amorosamente el horizonte. Como premio a su magnánimo proceder, el padre recupera a su preciado hijo. Y no le deja terminar su disculpa: lo cubre de besos, organiza gozoso una fiesta por todo lo alto, y le devuelve, sin rencores, su perdida condición.

Si aprendemos a “hacer de hijo pródigo” muchas veces, recibiremos la misericordia divina. Y sabremos entonces vivir la misericordia con los demás y amar su libertad, como el padre de la parábola. Evitaremos también convertirnos en el hijo mayor e incomprensivo, lleno de celo en casa de su padre, pero celo amargo, con la misma falta de libertad que tenía su hermano pequeño.

Que María de la Caridad nos ayude a estar siempre dispuestos a convertirnos y a reconciliarnos con los demás.

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