Mensaje de Mons. Juan Gabriel Díaz Ruiz, obispo de Ciego de Ávila. Comentario del evangelio del VII domingo del Tiempo ordinario, 20 de febrero de 2022

El domingo pasado, escuchamos el evangelio de las Bienaventuranzas, según nos las presenta el evangelista San Lucas. Hoy, en continuidad con este pasaje, comienza la explicitación que hace Jesucristo acera del significado de ellas para la vida de sus discípulos. También las palabras del evangelio de este domingo son «incómodas», nada fáciles de aceptar y, mucho menos, de poner en práctica: el amor a los enemigos, el perdón de las ofensa, la misericordia sin límites y la generosidad sin esperar nada cambio son algunas de las propuesta que el Señor insiste debemos practicar para poder considerarnos «hijos del Dios Altísimo».

Pudiéramos abundar en particular sobre cada uno de estos temas, pero implicaría mucho tiempo. Solo quisiera destacar el fundamento para esas actitudes y obras que Jesús considera esenciales para quienes lo sigan como su Maestro: la razón última para, incluso contra nuestros impulsos naturales, amar y hacer el bien a quien se ha convertido en enemigo, actuar con desinterés y generosidad al ayudar al necesitado, perdonar y ser compasivo con el ofensor y renunciar a la tan extendida tentación de juzgar y condenar de antemano a los demás, no es otra que asemejarnos hasta donde lo permite nuestra naturaleza humana al Padre, al Dios misericordioso. Mirando, en principio, cómo Él se comporta con nosotros y cuál es su actitud ante nuestros pecados e injusticas, tal como nos recuerda, por ejemplo, la conocida parábola del deudor inmisericorde (Mt18, 21-35), no podemos hacer otra cosa sino, a nuestra vez, tener paciencia y compasión con quien actúa contra nosotros, porque somos todos, también, pecadores perdonados por la infinita misericordia divina.

No es nada sencillo y fácil actuar en consonancia con las exigencias de Cristo. Lo primero que debemos comprender es que no se trata de simple esfuerzo de la voluntad humana, sino de un don, una gracia, que debemos suplicar constantemente al Espíritu Santo. Solo de esta manera podremos ser verdaderos hijos de Dios, que es bueno con todas sus criaturas.

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