Mensaje de Mons. Juan de Dios Hernández, SJ, Obispo de Pinar del Río. Comentario el evangelio del domingo 21 de noviembre de 2021, festividad de Cristo Rey del universo

Queridos hijos e hijas, soy Mons. Juan de Dios Hernández Ruíz, obispo de esta diócesis y pastor de todos.

Hoy hemos llegado al último domingo del tiempo ordinario, antes de iniciar el período del Adviento. Y la Iglesia siempre celebra y proclama en este día a Jesucristo, Rey universal.

Nos colocamos en el escenario de este texto evangélico. Pilato, revestido de poder en el imperio romano, pregunta a Jesús si es rey. Pilato está pensando en el emperador que él representa y vierte esa visión sobre Jesús, en una pregunta interesada y capciosa, pues los judíos piden la muerte de Cristo y él no se atreve a condenarlo, pues no encuentra motivos justificados para hacerlo. Pero al mismo tiempo, guarda la ropa y, al lavarse las manos y no defender con firmeza la inocencia de Jesús, deja las puertas abiertas para que pueda ser ejecutado y muerto.

“Jesús es el centro de la creación; y así la actitud que se pide al creyente es la de reconocer y acoger en la vida esta centralidad de Jesucristo, en los pensamientos, las palabras y las obras. […] Además de ser centro de la creación y centro de la reconciliación, Cristo es centro del pueblo de Dios.” (Papa Francisco)

En el Evangelio vemos al Jesús «terreno», al Jesús histórico, que comparece ante Pilato poco antes de ser condenado a muerte y colgado sobre la cruz. Y aparece el Cristo Hombre en toda su majestad y grandeza, como prefigurando ya su divinidad: «Tú lo dices -responde a Pilato-: Soy Rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo»…. ¡Sí! Para ser Rey.

Pero Cristo no es un rey cualquiera: “Mi reino no es de este mundo”. No es un reino de honores, de riquezas, de poderes y dignidades como lo entiende el mundo. Su reino es de una dimensión trascendente y muy superior. No es un reino terreno, sino celestial. Es un reino de amor, de justicia, de gracia y de paz; un reino que está muy por encima de las ambiciones humanas. Un reino que heredarán los pobres, los mansos, los que sufren, los misericordiosos, los humildes, los pacíficos, los perseguidos… Un reino, en definitiva, que poseeremos plenamente en la otra vida, pero que ya ha iniciado desde ahora.

La Biblia entera, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, proclama continuamente al Mesías o al Cristo como Rey de todas las cosas.

La Iglesia lo ha reconocido mejor que nadie, y modernamente ha instituido la Fiesta de Jesucristo Rey para recordar a todos los pueblos que tienen un Soberano con autoridad suprema sobre todas las naciones. Como canta un himno de Navidad ante la matanza de los Inocentes, nos dice la Iglesia a todos: “No quita los reinos de la tierra el que a todos da el Reino de los Cielos”.

Jesucristo es Rey para salvar. Si lucha, no es sino contra Satanás, para arrebatarle su imperio y arrancar de sus garras las almas que lleva a la perdición. Y Jesucristo se las arrebata para salvarlas a todas.

Su realeza está en la verdad, en el servicio a los más humildes y débiles, en el amor a todos, en indicarnos cómo es su Padre. Su mandamiento no es el de “diente por diente y ojo por ojo”, sino el de “ámense unos a otros como yo los he amado”. Y esto desconcierta, pues el eje ya no es el poder, la fuerza, el aplastamiento, sino el amor, el perdón, la misericordia, la fraternidad. Esa debe ser también nuestra realeza desde el día feliz de nuestro bautismo, desde nuestro ser sus discípulos y seguidores. Que María de la Caridad, nos alcance la gracia de reconocer a su Hijo como el único y verdadero Rey del mundo.

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