Mensaje de Monseñor Dionisio Guillermo García Ibáñez, Arzobispo de Santiago de Cuba. XVI Domingo del Tiempo Ordinario, 18 de julio de 2021

Hermanos,

Las lecturas de hoy tocan un tema que creo nos conviene a todos meditarlo en este tiempo, en el día de hoy. En estas lecturas nos va mostrando, primero del Antiguo Testamento, Jeremías; después Pablo en su carta a los Efesios y también el Evangelio, sin dejar de mencionar el Salmo; que Jesús es nuestro Pastor. Sabiendo, en esta tradición de los pueblos nómadas del Medio Oriente, de que el pastor era un personaje que tenía una función muy clara y muy precisa, que era precisamente cuidar a las ovejas, sostener a las ovejas, sanar a las ovejas, darles buen pasto a las ovejas. Y todas las ovejas reunidas como un rebaño, en torno al pastor, salían a pastar y regresaban después.

Con esta imagen, y también sabiendo que David era rey y a la vez era un pastor, nos habla de la necesidad de que las personas, los pueblos, las naciones deben tener buenos pastores. En la época de Jeremías, muchas veces se confundía las atribuciones que tenía un gobernante en el plano civil, con las atribuciones que también se le daban a ese gobernante, en el plano religioso. El ejemplo es David. Por eso es que cuando Jeremías habla, “¡Ay de ustedes pastores, que dispersan y dejan perecer a las ovejas del rebaño!”, se está refiriendo a los pastores que pastorean a mi pueblo, y dice que ustedes “dispersan a las ovejas”. Es decir, habla de la autoridad.

La autoridad, cuya misión es reunir, convocar, unir a todo el pueblo, al “rebaño”, en un destino común. El destino común en el plano civil, es la concordia, es la paz, es la unidad, es luchar por el bien de todos; y en el plano religioso, es precisamente encontrar sentido en la vida, porque seguidamente el Señor dice, “ustedes que dispersan a mi rebaño”, y ha sufrido tanto por eso, por las divisiones producto del pecado de todos los hombres, “yo les voy a dar a ustedes un rebaño que los va a congregar”. Ya Jeremías estaba vislumbrando la presencia del Mesías, enviado por Dios, que había sido anunciado con la imagen del pastor. Es decir, Jeremías decía que todo el pueblo iba a ser guiado por un pastor, descendiente de David.

Cuando nosotros vemos la carta a los Efesios nos damos cuenta, que ese Pastor esperado por el pueblo de Israel, no es más que Jesús. Lo dice bien claro. Dice exactamente igual, “ahora por la sangre de Cristo están cerca los que antes estaban lejos”. Lo mismo dice Jeremías de aquel pastor que vendría. Dice más, Cristo, “reconcilió con Dios a los dos pueblos, uniéndolos en un solo cuerpo mediante la cruz, dando muerte en él, al odio. Vino y trajo la noticia de la paz a ustedes, los de lejos; paz también a los de cerca”. Nos damos cuenta que la misión de Jesús es reconciliar a todos los hombres con Dios, la misión de Jesús es unir a todos los hombres en un solo pueblo con un solo Pastor.

Sabemos que el Señor Jesús nos ha salvado, y quiere llevarnos al Padre, pero también para eso nosotros tenemos que trabajar. Es un don el que Jesús nos haya dado su gracia, su perdón y misericordia y nos lleve a Dios, pero también es un trabajo de los hombres el luchar para que todos seamos hermanos, para que, sin prepotencia, sin soberbia, no queramos ponernos por encima de los demás. Todos somos iguales, los de lejos y los de cerca. Todos somos un solo pueblo, nadie se puede creer que tiene más méritos, ni más derechos que otras personas. Todos somos iguales.

El Señor Jesús se daba cuenta que los pastores, las autoridades, en todo sentido: civil, religiosa, muchas veces no cumplen su cometido. Y Él miraba al pueblo, a ese pueblo que se le acercaba. Este versículo es uno de los más preciosos, que demuestra cómo es el corazón de Cristo. Lo dice así: “al desembarcar, en el lugar a donde habían ido a orar, “vio una multitud y le dio lástima de ellos, porque andaban como ovejas sin pastor, y se puso a enseñarles con calma”. Se puso a acompañarlas, a darle ánimo, a decirles que Dios es su Padre, a decirles que hay que luchar por el bien de todos, a decirles que no están desamparados, que Dios es misericordioso, a decirles que tienen que coger ánimo. Los fue acompañando, para que ellos dejaran ese estado de pena, de lástima, de dolor que inspiraban, para que ellos se animaran y cogieran entusiasmo, y dijeran, hay una vida mejor, Dios nos espera, tenemos que ser hermanos.

Hermanos las lecturas de son precisamente de la comunión, tenemos que trabajar los unos con los otros, no podemos hacer divisiones, no podemos hacer distingos, nadie puede creerse mejor que el otro. Eso es lo que nos dice, y que la función de las autoridades de todos niveles, y de todos los ámbitos, debe ser precisamente procurar el bien, la misericordia, la paz y la concordia para que todo el mundo se pueda sentir un solo pueblo.

Que Dios nos ayude donde quiera que nosotros estemos, a buscar siempre la comunión, la misericordia, a que nadie se sienta con más derechos que otro, ni por encima de los derechos de los demás. Porque así es la única manera de contribuir a la comunión. Que Dios nos ayude a todos a vivir así

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