Mensaje de Monseñor Juan Gabriel Díaz Ruiz, Obispo de Ciego de Ávila. V Domingo de Pascua, 2 de mayo de 2021

El cambio trascendental que ocurrió en la vida del futuro Apóstol Pablo, y que lo transformó en el gran misionero de la fe cristiana, a la cual había perseguido con saña, no fue obra de la casualidad, ni un cambio mágico o un lavado de cerebro: lo decisivo para que sucediera este giro de 180 grados fue el encuentro con Cristo, el Señor. El antes Saulo de Tarso quedó transformado por esa experiencia singular, a la que el Libro de los Hechos hace referencia en tres ocasiones, y a la cual, el ya Apóstol Pablo, se remite constantemente en sus cartas como el fundamento de su condición apostólica y de la misión particular, recibida del propio Señor, para anunciar el Evangelio a los pueblos paganos; a pesar de que no había conocido personalmente a Jesús ni formó parte del grupo de los Doce: “Porque yo soy el menor de los apóstoles, que no soy digno de ser llamado apóstol, pues perseguí a la Iglesia de Dios. Más, por la gracia de Dios, soy lo que soy…”, declara en el capítulo 15 de la Primera Carta a los corintios.

Tan profundo fue el cambio de rumbo que, como afirma hoy el pasaje de los Hechos, “todos le tenían miedo, porque no se fiaban de que fuera realmente discípulo…”; solo cuando Bernabé se hizo garante de la realidad de su conversión y los demás discípulos escucharon el testimonio de Pablo acerca de su encuentro con el Resucitado, a la vez que constataban sus esfuerzos para dar a conocer el Evangelio, pudieron aceptar la veracidad de su fe en Cristo. En resumen, las palabras de Pablo se revelaron como ciertas cuando sus obras mostraron que no se trataba de un engaño, sino de una conversión sincera. Lo que vendría después: los viajes misioneros, su preocupación constante por las comunidades cristianas en las que trabajó sin descanso, las cárceles y maltratos que debió soportar por causa del Evangelio, además de las incomprensiones y rechazos por parte de algunos grupos cristianos, que no aceptaban su condición de apóstol ni su misión entre los pueblos paganos, no hizo otra cosa sino confirmar que había sido llamado en verdad por Cristo; se cumplía así la promesa que Jesús hace en el evangelio de este domingo: “El que permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante…”, no hay otra explicación para la fidelidad y la perseverancia de San Pablo, que llegó incluso hasta el martirio; en sus propias palabras, “Todo lo puedo en aquel que me fortalece…”

Hermanos: solo el encuentro con Cristo puede hacernos verdaderos discípulos; únicamente la profunda intimidad con Él y la obediencia a las inspiraciones del Espíritu Santo que hemos recibido en el Bautismo nos permitirán dar los buenos frutos de salvación que el mundo necesita de los cristianos, como Jesucristo nos recuerda hoy: “Sin mí ustedes no pueden hacer nada…” No olvidemos nunca esta gran verdad, para que Dios pueda contemplar con alegría el cumplimiento de las ilusiones que ha puesto en cada uno de nosotros.

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