Mensaje de Monseñor Dionisio Guillermo García Ibáñez, Arzobispo de Santiago de Cuba. V Domingo de Pascua, 2 de mayo de 2021

Hermanos,

En este quinto domingo de Pascua, las lecturas comienzan con este pasaje en el cual Pablo va a Jerusalén a presentarse ante los Apóstoles. Él había recibido la gracia de haber conocido a Dios, a Jesús directamente, “Pablo por qué me persigues”. Él se encuentra de corazón con Jesús y se entrega a Él. Empieza a conocerle y a entregarse; conoce a Jesús, conoce las tradiciones que se hablaban en aquel momento acerca de Él, él que había sido perseguidor precisamente y entonces, de momento, se descubre como un apasionado de Jesús, descubre que Él es el Mesías, el Hijo de Dios y que Él nos trae la salvación. 

Predicaba en Damasco y donde podía, pero él sabía bien que tenía que ir a Jerusalén a encontrarse con los Apóstoles, porque precisamente los Apóstoles eran esa columna que el Señor Jesús había dejado, la Iglesia. Ésa es la primera nota. Pablo tenía conciencia de que todo lo que él hacía, no podía hacerlo por su cuenta, sino que tenía que hacerlo en la Iglesia, dentro de la Iglesia.

¿Por qué Pablo vivía esa pasión? Pablo vivía esa pasión, porque él sabía que mientras permaneciera unido a Cristo Jesús, tenía todas las de ganar, tenía la seguridad de que lo que estaba haciendo es lo que tenía que hacer. De ahí el Evangelio, “Yo soy la vid, ustedes los sarmientos”, hay que permanecer unidos a Jesús. Eso Pablo lo tenía claro, por eso es que Pablo va a beber a Jerusalén, de esa fuente que eran los Apóstoles, que habían convivido con Jesús. La Iglesia, su misión, es transmitirnos íntegramente el mensaje de Jesús. Ese es otro de los puntos, vivir íntimamente unidos a Cristo, a su Palabra, a su mensaje.

El otro punto es que no solo se recibe de Jesús la predicación, sino que hay que predicar y vivir como se predica. ¿Dónde está tu fe? Yo con mis obras te mostraré mi fe. No solamente basta la palabra, sino que también tenemos que vivir las obras. “Ustedes me aman en la medida que cumplan mis mandamientos”.

Fíjense bien hermanos, son tres lecciones que el Señor nos deja hoy a nosotros en la figura de Pablo. Y sabemos quién fue Pablo. Pablo fue aquel hombre que soportó todo lo que podía soportar un predicador. Ahora nosotros lastimosamente estamos escuchando como los cristianos son martirizados en Egipto y en otros lugares… están haciendo lo que Pablo hizo, y Pablo tuvo que luchar en dos frentes, tuvo que luchar en el mismo frente de la Iglesia porque la gente no le tenía confianza, “ése nos había perseguido, desconfiemos de él”. Después Pablo tuvo que enfrentarse a todo ese mundo pagano que no lo quería recibir, los judíos que en aquel momento no lo aceptaban.

¿Por qué Pablo pudo soportar todo eso? ¿Por qué tuvo el valor de ir a Jerusalén con humildad y presentarse ante los Apóstoles? Porque él se sentía unido íntimamente a Jesús y sabía que Jesús era su fortaleza. Y lo que él hacía y predicaba, no lo hacía solo con palabras, sino que entregaba su vida al servicio del Evangelio. “¡Ay de mí si yo no evangelizara!”, decía Pablo.

Hermanos, vamos a llevarnos estas lecciones. Hoy vamos a recoger esta invitación. Una: permanecer íntimamente unidos a Cristo, eso significa permanecer unido a su Palabra. No nos dejemos confundir, no nos apartemos por otras cosas, volvamos de nuevo a la Palabra de Dios. Todos nosotras la hemos conocido, la hemos aprendido muchos desde pequeños, tenemos que rumiarla de nuevo, y volver de nuevo sobre ella; porque en la medida que estemos unidos a Cristo, en esa misma medida podemos nosotros permanecer y alcanzar la Vida Eterna. Vivir en la verdad. Y la otra, ¿cuál es?, que esa Palabra que recibimos y que conocemos, tenemos que traducirla en vida. Hay que predicar con la voz, pero también hay que predicar como testigos.

Cada uno de nosotros puede revisarse como Pablo lo hizo. ¿En qué yo puedo ser testigo de Cristo? ¿Dónde yo tengo que dar testimonio con mi palabra de que Cristo es el Señor? Y todo eso, viviéndolo en la Iglesia. Si queremos ser fieles, tenemos que vivir en la Iglesia. Si queremos ser files, tenemos que saber que la Iglesia por veinte siglos ha mantenido la fe en Cristo Jesús, y nadie puede cambiar ni variar esa fe, nadie. Esa doctrina revelada que el Señor nos ha transmitido a través de los Apóstoles, que la Iglesia conserva y transmite. No nos separemos nunca de la Iglesia porque ella es el cuerpo de Cristo, es precisamente la vid y nosotros somos los sarmientos, los que dependemos de esa fuente de gracia que el Señor nos transmite a través de los sacramentos, y que el Señor nos transmite a través de la Palabra de Dios en la Iglesia.

Que Dios nos ayude a vivir así todo este tiempo de Pascua, para después esperar al Espíritu Santo que colme nuestra vida, el día de Pentecostés.

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