Mensaje de Monseñor Juan Gabriel Díaz Ruiz, Obispo de Ciego de Ávila. IV Domingo de Pascua, 25 de abril de 2021

¿Cuántas religiones, movimientos, grupos e ideologías en el mundo actual proponen un camino para lograr la felicidad…? Las “ofertas” son casi infinitas; pues bien, las lecturas de la Palabra de Dios hoy afirman que solo en Jesucristo se puede encontrar la felicidad plena que todos anhelamos desde los más profundo de nuestro ser: “Bajo el cielo no se nos ha dado otro nombre que pueda salvarnos”, dice el apóstol Pedro ante las autoridades supremas religiosas de Israel, y en el evangelio Jesús afirma que habrá un solo Pastor y un solo rebaño. La tentación sutil que los cristianos tenemos es la de relativizar la fe en Jesucristo, siguiendo la moda de los tiempos que corren, y ponerla a la par del inmenso catálogo de propuestas en existencia; sin embargo, en este caso no se cumple aquello de “todos los caminos llevan a Roma”, porque no es indiferente el fundamento y, en consecuencia, la orientación que cada uno dé a su vida.

En Jesucristo está la salvación, porque solo Él es el verdadero y único Hijo de Dios, el auténtico Salvador que tenía que venir al mundo, enviado por Dios. Esta afirmación absoluta no significa, ni de lejos, que los cristianos seamos superiores o privilegiados con respecto a quienes no lo son, porque la salvación de Cristo es universal, abarca a todos, sin excepciones de ningún tipo; por esta razón, la convicción de fe acerca de que Jesucristo es el único que puede salvar, en vez de encerrar a los cristianos en una especie de grupo de personas excepcionales, los hace conscientes, por el contrario, de la necesidad impostergable del anuncio del Evangelio a todos los pueblos de la tierra, para estar en consonancia perfecta con el mandato que el propio Señor dio a su Iglesia: “Vayan al mundo entero y prediquen el Evangelio”. No hay lugar, por tanto, para el acomodamiento, al estilo de “estamos bien, nos sentimos satisfechos con nuestro grupito”, ni para sectarismos del tipo “solo nosotros somos los salvados”. “Católica” no es un simple calificativo que se da a la Iglesia para distinguirla de otras opciones presentes en la actualidad, sino que se encuentra en la raíz misma de su ser: el Evangelio que predica, que es, en primer lugar, el mismo Jesucristo, no es de su propiedad, sino para darlo y anunciarlo “hasta el último rincón de la tierra”.

El IV Domingo de Pascua, también conocido como “Domingo del Buen Pastor”, por el evangelio que en él se proclama, es, además, un día dedicado a la oración por las vocaciones, sacerdotales, diaconales y religiosas, cuyo horizonte debe ser siempre la imitación de Jesucristo, el Buen Pastor que dio la vida por sus ovejas, para que ellas tengan vida eterna. El Señor, pues, es el modelo perfecto para todo aquel que desea dar su vida, consagrarla, al servicio del anuncio del Evangelio. Oremos por todos ellos en este domingo y, ojalá, todos los días, particularmente por quienes trabajan sin descanso en nuestra diócesis de Ciego de Ávila.

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