Mensaje de Mons. Dionisio Guillermo García Ibáñez, Arzobispo de Santiago de Cuba. Domingo de Resurrección, 4 de abril de 2021

Hermanos,

¡Jesucristo ha resucitado! ¡Aleluya, Aleluya!

Esta ha sido la aclamación de acción de gracias, de confirmación de la fe, que los cristianos, hace más de veinte siglos venimos repitiendo siempre, diariamente, pero de manera especial en un día como hoy.

Hemos pasado la Semana Santa, la estamos culminando hoy. La Semana Santa no termina con la Pasión, sino con la victoria de Dios, de Jesús, sobre el mal, el sufrimiento, el pecado y la muerte. Este es un día de esperanza, es un día en que, en medio de las dificultades del mundo, de nuestra patria, de nuestras familias, de las necesidades, en medio de esas situaciones confusas que nos toca vivir como pueblo, y también como mundo, todos los que habitamos en este amplio, bello y hermoso mundo, que hay veces que maltratamos mucho con nuestras acciones, pero del que siempre nos servimos para poder vivir, porque el Señor nos lo dio para precisamente nosotros poder enseñorearnos en él, por nuestro bien, para el bien de todos, por eso debemos cuidarlo.

Hermanos, este es un día de esperanza, de alegría, es un día para cargar fuerzas, para decir que no todo está perdido. ¿Por qué? Porque Cristo nos rescató y nos salvó. Y eso tenemos que repetírnoslo, porque hay que coger fuerzas, porque muchas veces las situaciones son tan difíciles que nos aplastan, y uno tiene que decir: “Señor no, Tú eres el que tiene la victoria, y además me darás fuerzas en todo momento”.

Yo quería referirme hoy, a que la Semana Santa termina con la Resurrección, podemos decir también ampliando un poco, que toda la Cuaresma, este tiempo de preparación es para celebrar el Triduo Pascual. Ese Triduo en el que nosotros celebramos la victoria del Señor, el misterio de la cruz; pero recordemos que el misterio de la Cruz, es la Pasión y la alegría de la Resurrección.

Muchas veces la palabra pasión, cuando nos referimos a la Semana Santa, es sinónimo de sufrimiento. De hecho, cuando nosotros el Viernes Santo leímos los últimos momentos de Jesús, le llamamos, lectura de la Pasión de nuestro Señor Jesucristo. Porque eso ha quedado como marca indeleble en nosotros, de que Cristo sufrió, por tanto, Cristo tuvo una pasión dolorosa en el tiempo, en las horas que la vivió. Pero también una pasión interior, al ver como la humanidad le huía, no le escuchaba, no entendía, y ahí también se pasa una pasión. Cuando una persona tiene una enfermedad, tiene una situación muy difícil, la cárcel, tantas situaciones indeseables y duras que producen sufrimiento, decimos, fulano está pasando una gran pasión. Ésa, es una acepción de la palabra.

Pero la otra acepción de la palabra es pasión como esa fuerza interior que tenemos las personas para poder llevar a efecto, realizar algo que nosotros creemos que debemos hacer. Y ojalá que eso que deseamos, que queremos hacer, siempre sea bueno. La pasión no es solamente sufrimiento, pasión es esa virtud, esa fuerza interior que nos dice, yo tengo que trabajar para conseguir algo bueno. Para los cristianos tiene que ser que se haga la voluntad de Dios siempre. Fulano es un apasionado, ¿por qué?, porque lucha por el bien. Fulano es un apasionado por la palabra de Dios. Fulana se apasiona cuando ve a los niños y tiene que atenderlos. Ésa, es la pasión interior.

También hay pasión en el amor. Un joven tiene pasión por su novia, por su esposa, y a la inversa también. Fíjense que es esa fuerza interior. Ahora bien, Cristo pudo vivir su pasión dolorosa porque él vivió apasionado durante toda su vida, sino no hubiera podido vivir la pasión diciendo, “Padre aparta de mi este cáliz, pero que se haga tu voluntad”. Si hay un ejemplo de persona, de hombre apasionado, ese era Cristo. ¿Cuál era la pasión de Cristo? ¿Cuál fue? ¿Cuáles eran?

En primer lugar, un gran amor a Dios que le llevaba a hacer siempre su voluntad. Lo vemos constantemente en los evangelios, se apartó de la muchedumbre y se fue a orar, para estar con Dios, su Padre. Cuando nos daba el Padre Nuestro, ¿qué tenemos que rezar? ¿qué tenemos que decir? ¡que se haga tu voluntad Padre! Hermanos, esa pasión fue la que hizo que Jesús viviera toda su corta vida entre de nosotros, de esa manera tan radical, de tal manera que hoy estamos celebrando su resurrección. Ésa, fue su primera pasión, Dios Padre, el amor que le tenía a Dios, y que Dios le tenía a su Hijo, y que lo llevaba a hacer en todo momento su voluntad.

¿Cuál fue la otra pasión de Jesús? Cuando nosotros leemos los evangelios, y después los comentarios de los otros libros del Nuevo Testamento… la otra pasión de Jesús fuimos nosotros, las criaturas de Dios, que fuimos creados a su imagen y semejanza. Él no podía ver una injusticia, no podía ver a alguien sufriendo, Él se acercaba. A aquella mujer pecadora la perdona, tenía pasión por ella para que se convirtiera, y así… al que estaba enfermo… su amigo Lázaro al ver a sus hermanas llorando… era un apasionado de nosotros. Ésa fue, resumiendo mucho, su segunda pasión.

La tercera pasión, yo me atrevería a decir que fue la Iglesia. Desde el primer momento ya lo tenía en el plan de salvación, Él quiso constituir ese pueblo de Dios. Estaba el pueblo de Israel en el Antiguo Testamento, la Antigua Alianza y la Nueva Alianza, el pueblo que sigue a Cristo, los cristianos. El Antiguo Testamento era un problema de pueblo, de raza, era un problema de clanes, era un problema de herencias transmitidas por la carne. En la Nueva Alianza, uno llega a vivir esa Nueva Alianza a través de la fe y a través del bautismo.

Las tres grandes pasiones: Dios, el hombre y la Iglesia.

Hermanos, nosotros tenemos que preguntarnos si vivimos con pasión nuestra fe; si nosotros nos apasionamos por Dios, si nos apasionamos por Jesucristo, o solamente lo tenemos en el mejor de los casos como una referencia. Precisamente los santos los veneramos porque fueron apasionados por Jesús, por Dios. Eso hace que muchas personas consagren su vida, porque se apasionan con Jesús, por la causa de Jesús. Entonces la pregunta nuestra es, ¿somos apasionados nosotros con Dios? ¿Nos sentimos comprometidos y apasionados también con mi familia, con la esposa, con el esposo, con los hijos, con los vecinos…? ¿Sentimos en nosotros la cruz que sienten otras personas en su vida? De ahí viene la palabra compadecer, nos compadecemos con los demás, que significa padecer con los demás. Hermanos, ésa es otra pasión que nunca se debe apartar de nosotros porque si no nos convertiríamos en seres fríos y egoístas. Tenemos siempre que vivir unidos al otro.

Y la otra pasión es la iglesia ¿Cómo yo realizo esa pasión por la iglesia?, ¿yo trato de vivir según la Santa Iglesia de Dios?, ¿yo trato de ser fiel, yo trato de crear comunidad, yo trato de transmitir la palabra de Dios?, ¿yo trato de revivir todos los momentos alegres y llenos de fe y de entusiasmo que vivimos en nuestra juventud, cuando fuimos mayores, o ahora mismo?, ¿eso para mí tiene un valor? ¿Me duele cuando la Iglesia sufre?, ¿me duele cuando los cristianos de Irak o de otros países son perseguidos, o del norte de África?, ¿me duele cuando los cristianos se ven limitados en sus libertades para poder predicar a Jesucristo?, ¿me duele eso? ¿Me duelen los pueblos que a lo mejor no tienen un sacerdote o alguien que le lleve la palabra de Dios?

Hermanos ésa es la Iglesia, ¿qué puedo hacer? Y aquí entramos todos, el Papa, los obispos, los sacerdotes, las religiosas, los diáconos, los fieles laicos; cada uno de nosotros según su compromiso tiene que ser un apasionado de Dios, queriendo hacer siempre su voluntad; de los hermanos porque somos hijos de Dios y hermanos en Cristo Jesús; y de la Iglesia porque es la que tiene que continuar la obra de Dios. Eso es lo que el Señor nos pide en esta Resurrección, que llegamos a ella, Cristo la alcanza precisamente viviendo su Pasión dolorosa, porque era apasionado, y así vivió sus últimos días. Ah, nosotros también tenemos, de ahora en adelante, este día contemplarlo, y tenerlo siempre y preguntarme ¿Soy apasionado por las cosas de Dios, con mis hermanos, con mi Iglesia? Hermanos tenemos que recuperar eso.

Que Dios nos ayude a vivir este tiempo así, por eso en la primera lectura nosotros hemos escuchado a Pedro. Y Pedro lo dice bien claro: Ése que estuvo entre nosotros, Ése pasó haciendo el bien, Ése que por hacer el bien fue condenado, Ése, es Cristo el Señor y fue apasionado, y nos salvó en la cruz. Por eso dice: “Nos encargó predicar al pueblo, dando solemne testimonio de que Dios lo ha nombrado juez de vivos y muertos, el testimonio de los profetas es unánime, que los que crean en Él reciban por su nombre el perdón de los pecados”

Esa pasión de Cristo, esa fuerza del Espíritu Santo, el Señor la trasmitió a aquellos apóstoles que él había escogido para que fueran las cabezas, las columnas de la Iglesia. Por eso ellos fueron apasionados, tan apasionados que también todos murieron como Cristo, en el martirio, entregando su vida.

Que Dios nos ayude también a nosotros a vivir así, no imitándolos a ellos, que nos pase los mismo que a ellos. No, cada uno carga con su cruz, y cada uno tiene su pasión. Pues que nuestras pasiones, sean precisamente las de Cristo. Y lo vuelvo a repetir: Amor a Dios haciendo su voluntad; amor al hombre creatura de Dios, que Dios lo llama a vivir la vida eterna junto a Él, y amor a la Iglesia, que es la que tiene el encargo de ser fiel siempre, continuando la obra de Jesús.

Que Dios nos ayude a todos a vivir así.

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