Mensaje de Monseñor Juan Gabriel Díaz Ruiz, Obispo de Ciego de Ávila. Domingo 21 de febrero de 2021. I de Cuaresma

No existe una palabra en nuestro idioma que pueda traducir fielmente el término griego “metanoia” que utiliza el Nuevo Testamento para referirse al cambio decisivo que ocurre en cualquier persona que acepte el mensaje del Evangelio y desee seguir a Jesucristo. “Conversión”, en español, nos da una idea parcial de lo que los autores sagrados querían decir: creer en el Señor Jesús, ser su discípulo y, por tanto, seguirlo, implica un cambio, pero de tal magnitud que los primeros cristianos llamaron al bautismo (el sacramento inicial que sella esa conversión e introduce en la vida de la fe), “nuevo nacimiento”; esto nos indica que no se trata de una mera modificación externa (modos de hablar, de vestir y demás), sino de una profunda transformación en el creyente, que lo conduce a fundamentar y orientar su vida según las exigencias del seguimiento de Cristo, su Maestro y Señor, porque la fe cristiana es, por encima de todo y principalmente, el encuentro con Jesucristo que, como constatamos en los relatos evangélicos, en los demás escritos del Nuevo Testamento y en los testimonios de los santos y los innumerables cristianos a lo largo de la historia de la Iglesia, trae aparejado un cambio radical en la persona. Pedro, Andrés, Santiago y Juan, y el resto de los apóstoles vivieron esta experiencia estremecedora; Saulo de Tarso, Francisco de Asís, Teresa de Cepeda, Agnes Gonxha y otros muchos cristianos anónimos, se encontraron con el Señor Jesús, esto les cambió de tal modo sus vidas que hoy los tenemos como modelos de fe y entrega, y los conocemos bajo los nombres de San Pablo, Santa Teresa de Jesús y Santa Teresa de Calcuta.

En el evangelio de este Primer domingo de Cuaresma, las palabras de Jesucristo en el inicio de su predicación nos urgen a asumir dos actitudes principales para el tiempo cuaresmal: conversión y fe; se trata, por tanto, de dejarnos tocar el corazón por la gracia del Espíritu Santo, para que en nosotros se realice el paso del “hombre viejo”, pecador, al “hombre nuevo”, renacido en Cristo, según el decir de San Pablo en la Carta a los romanos. Cuarenta días nos propone la Iglesia que utilicemos para esforzarnos más en el camino de la oración, la caridad y la penitencia, de modo que arribemos a la Semana Santa verdaderamente bien dispuestos para celebrar los misterios centrales de nuestra fe. Aprovechemos, pues, este tiempo de gracia y misericordia que Dios nos concede.

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