Mensaje de Monseñor Juan Gabriel Díaz Ruiz, Obispo de Ciego de Ávila. Domingo 10 de enero de 2021, Bautismo del Señor

Las obras de Dios no son fruto de la improvisación. Si echamos una mirada panorámica a la Historia de la salvación, comprobaremos que cada paso dado por el Señor estuvo precedido por una cuidadosa y, con frecuencia, extensa preparación, a veces de siglos, como ocurrió con la llegada del Mesías prometido. Muchos se han preguntado el porqué de la vida silenciosa que Jesús llevó durante la mayor parte de su existencia, siendo así que su “ministerio público” (como se designa convencionalmente el tiempo en que anunció con palabras y obras la llegada del Reino de Dios), abarcó solo alrededor de tres años; quizá parte de la respuesta está en que Dios organiza bien sus intervenciones salvíficas, y dedica mucho más tiempo del que consideraríamos humanamente lógico a prepararlas; no estaría mal que imitáramos en algo esta paciencia y minuciosidad divinas.

El bautismo de Jesús en el Jordán es un momento clave en su misión de Salvador del mundo: ha madurado humanamente (tiene alrededor de unos treinta años) y la misión de Juan el Bautista está llegando a su fin; ahora viene el momento decisivo, en el cual no será ya un profeta, en tercera persona, el que anuncie la salvación, sino que el propio Hijo de Dios hecho hombre lo hará. Por eso la confirmación dada por el Padre: “Tú eres mi Hijo amado, mi preferido”, y la unción con el Espíritu Santo. Por delante quedan los muchos kilómetros que recorrerá de pueblo en pueblo anunciando el Evangelio, los numerosos signos milagrosos con los cuales mostrará la veracidad de su condición de Mesías, el camino difícil hacia Jerusalén, donde entregará la vida por todos, y, por supuesto, el culmen: su Pasión, Muerte y Resurrección.

El bautismo en el Jordán es el inicio público de lo que Él vino a realizar entre nosotros: salvarnos. En la fiesta del Bautismo del Señor la Iglesia no nos pide recordar simplemente nuestro propio bautismo, sino, sobre todo, la renovación de los compromisos derivados de la condición de bautizados. El bautismo, junto a la Eucaristía y la Confirmación, forma parte del conjunto de los llamados “sacramentos de la iniciación cristiana”, y esto guarda una gran similitud con el bautismo de Jesús en el Jordán: así como para Él constituyó la inauguración de su ministerio público, para nosotros, junto a los otros dos sacramentos mencionados, es el inicio de la vida cristiana; lo cual quiere decir, entre otras muchas cosas, que el bautizado no se “gradúa” de cristiano en ese momento, sino que comienza un camino, inicia la vida cristiana, que alcanzará la meta el día de su muerte, cuando vaya a la presencia de Dios; el bautizado no es, por tanto, un cristiano totalmente hecho, sino que, precisamente por el bautismo, entra en el proceso de conversión diaria que lo llevará a asemejarse, cada vez más, a Cristo, su Maestro.

En Cuba se ha escogido también esta fiesta para celebrar el día del laico católico, de modo que sirva de recordatorio e impulso de la misión que como bautizados tienen quienes constituyen la inmensa mayoría de la Iglesia: comprometidos y activos en ella, testigos auténticos y alegres de Cristo en el mundo.

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