Mensaje de Monseñor Juan de Dios Hernández Ruiz, sj, Obispo de Pinar del Río. Domingo 10 de enero de 2021, fiesta del Bautismo del Señor

En el Evangelio escuchado hoy, Marcos nos muestra unos perfiles bien definidos. Primero Juan el Bautista, quien aclara que detrás de él viene uno que es más poderoso que él y de quien no es digno ni de desatarle la correa de sus sandalias. ¡Cuánta humildad en el más grande de los profetas!

El segundo perfil que se muestra es la presencia discreta, pero muy expresiva, del Espíritu Santo, que desciende en forma de paloma sobre Jesús, manifestando la familia trinitaria.

Por último las palabras amorosas del Padre: “Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco”. Otra traducción nos dirá: “En Ti he puesto toda mi predilección”. ¡Qué bueno es escuchar a un padre hablar así a su hijo!

Toda esta escena nos revela a un Jesús cuya persona está enriquecida por la presencia del Espíritu Santo y el amor de Dios Padre. Estamos ante el misterio de la Santísima Trinidad. Dios que no es un solitario, sino amor, familia: Padre, Hijo y Espíritu Santo.

Al celebrar el bautismo del Señor, reavivamos el nuestro para renovarlo y sentir la experiencia única de ser hijas e hijos predilectos del Padre. Como bautizados con el Espíritu de Jesús, estamos llamados a seguir el mismo camino, insertados en el misterio trinitario. En el Libro de los Hechos de los apóstoles se nos recuerda el distintivo esencial de su vida y misión: “… pasó por todas partes haciendo el bien y curando a todos los que padecían oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él”, nosotros también estamos invitados a vivir así nuestra identidad de discípulos de Cristo.

El Papa Francisco en una de sus catequesis sobre el bautismo nos recuerda que a través de este sacramento somos transformados en imagen de Cristo. “El bautismo es el ‘fundamento de toda la vida cristiana’… es la puerta que permite a Cristo el Señor, tomar morada en nuestra persona, y a nosotros sumergirnos en su Misterio”.

Hay personas que dicen que no bautizan a sus niños pequeños porque ellos no saben lo que están haciendo, y tienen razón, los niños no son conscientes de lo que sucede, pero los padres sí, y muchas veces tienen que tomar decisiones por ellos en cuestiones difíciles porque saben que es un bien para ellos, como por ejemplo vacunarlos aunque lloren, alimentarlos aunque no quieran, o dejarlos en la escuela el primer día de clase a pesar de que se aferran a sus brazos para no quedarse en medio de un grupo de desconocidos. El bautizo es el mejor regalo que un padre le puede dar a un niño, pues lo sumerge en Cristo para recibir el perdón del pecado y resplandecer con la luz divina.

Pero este regalo no se da sólo el día en que el sacerdote lo unge con el Crisma que lo marca para la eternidad, sino que tanto los padres como los padrinos asumen el compromiso de educar a sus hijos en la fe en la que han sido bautizados y que han profesado al inicio de la celebración. Para ello reciben la ayuda de la Iglesia, que recibe a los niños en la catequesis a partir de la edad escolar. Educar en la fe a sus hijos es la mejor forma de lograr hacer de ellos hombres y mujeres de almas limpias y grandes.

Pero este regalo es también para los adultos. Todos sabemos que en nuestra sociedad, por razones conocidas, existen muchos adultos sin bautizar. Para ellos también están abiertas las puertas de la Iglesia, brindándoles la formación pertinente para que puedan libremente acercarse al sacramento. Aquí ya es la misma persona que se bautiza la que se compromete con Dios a renunciar al pecado y a Satanás y vivir como hijos de Dios.

Los exhorto a preguntar sobre la fecha de su bautismo y celebrarlo con la misma alegría con que celebramos el cumpleaños. Es el día de nuestro renacimiento a la vida de Dios como miembros de la Iglesia. Ese día demos gracias a Dios porque es precisamente el día en que el Señor entró en nosotros, que el Espíritu Santo entró en nosotros.

Esta vida de Dios tiene que marcar la diferencia en mí. Estamos marcados por Cristo, somos de sus seguidores. Tú y yo somos la Iglesia, trabajemos porque todo el mundo conozca la Buena Noticia de Jesús, anunciemos el amor de Dios, vivamos como familia de Dios. Si verdaderamente somos conscientes de nuestro compromiso bautismal, entonces que nuestra vida sea coherente con esta distinción.

Que esta fiesta nos ayude a recordar que somos verdaderos hijos de Dios, y por consiguiente, a ser fieles al gran compromiso que un día aceptaron nuestros padres en el Bautismo, y nosotros lo ratificamos en la plenitud del sacramento de la Confirmación. Que así sea.

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