Mensaje de Monseñor Dionisio G. García Ibáñez, Arzobispo de Santiago de Cuba. Domingo 10 de enero de 2021. Fiesta del Bautismo del Señor

Hermanos,

Hoy cerramos el ciclo de la Natividad del Señor, que ha comenzado con el Adviento como tiempo de preparación, y después hemos vivido todo el tiempo de Navidad, desde el día 25 con el nacimiento del Señor, hasta hoy fiesta de su Bautismo.

Si nosotros hemos seguido con atención durante todo este tiempo, hemos visto que el profeta Isaías es el que ha marcado, podemos decir así, el ritmo durante todo este tiempo. Hemos leído muchos pasajes del profeta Isaías. Precisamente en los pasajes en los que se anunciaba que vendría un Mesías, él no fijaba tiempo, pero sí decía que Dios no fallaba, que Dios enviaría un Salvador, que sería Príncipe de la Paz, que reconciliaría todas las cosas, que uniría al pueblo. Fíjense bien, la paz, la comunión, la reconciliación, y que iba a hacer justicia e invitaba, a todo el pueblo de Israel a seguir a ese Mesías, a ese Príncipe de la Paz que vendría a hacer el bien, y a conducirnos a todos ante Dios.

Ese es el anuncio. Pero también Isaías tiene unos pasajes en que habla del siervo doliente, o del siervo de Yahveh, y en mucho de estos pasajes, ese Siervo se refiere al Mesías, a ese Mesías que vendría, se pone como alguien que viene a hacer el bien y como dice aquí: sin violencia. Él no va a hablar fuerte, él no va a utilizar prepotencia sino al contrario; él vendrá a aplacar y a sanar por eso es que se repite constantemente esa frase que dice: “los ciegos ven, los sordos oyen, los enfermos son curados”, etc. Es el anuncio de Aquel que viene. Ese siervo es el que se mantiene fiel. Hay veces que ese siervo de Yahveh hay veces que se confunde con el Mesías, pero también con el pueblo de Israel. ¿Quiénes son los pobres de Yahveh? Los pobres de Yahveh son los que permanecieron fieles a través de toda la historia de Israel, permanecieron fieles a la promesa de Dios de que algún día un Mesías vendría, y que el pueblo alcanzaría la salvación, la justicia en la tierra para la salvación de todo el pueblo de Israel. Ese era el pueblo elegido, y dentro del pueblo elegido ese grupo que eran los pobres de Yahveh, que muchas veces eran ignorados aun por el mismo pueblo. Todo es una preparación.

Con el nacimiento ha llegado el anunciado. Previamente nosotros escuchamos como Juan Bautista lo proclama, lo anuncia. Por eso en los textos de hoy, vienen dos pasajes, uno de los Hechos de los Apóstoles y el Evangelio de Marcos, en los que se nos dice “ese Mesías esperado es Jesús”. Aquí ya hemos dado otro paso. Isaías lo proclamó lejano, vendrá. Juan dijo, ése es, lo señaló. Pero viene el texto de Pedro, que ya ha vivido la realización de la promesa, ha conocido a Jesús, Jesús lo ha llamado para ser su discípulo y continuar su obra, y Pedro sale a predicar y dar testimonio del mensaje de salvación.

Por eso en la lectura del capítulo 10, donde Pedro inicia su ministerio apostólico de predicación, él dice lo fundamental. Está claro que Dios no hace distinciones y acepta a todos, practica la justicia, y sigue y anuncia la paz. Dice “envió su palabra a los israelitas, anunciando la paz que traería Jesucristo, el Señor de todos.” Todo eso que había pasado, Pedro lo condensa en un mensaje, ese Mesías es el Señor, y a Él tenemos que seguir.

Si nosotros seguimos todo el libro de los Hechos de los Apóstoles, éste es un tema que se repite constantemente porque es el centro de nuestra fe. Cuando a nosotros nos preguntan, ¿qué proclaman los cristianos? Que Jesucristo es el Señor, el hijo de Dios, la segunda persona de la Santísima Trinidad, que se hizo hombre para salvarnos. Eso es lo que Pedro dice al principio de la predicación apostólica, y lo que después todos los demás apóstoles van comunicando y aquellos escritores sagrados, los que escribieron las cartas, los textos, los Evangelios, van repitiendo constantemente. Fíjense bien que son tres pasos: el anuncio de Isaías, Juan que lo señala próximo, Pedro que comienza a dar a conocer que ese que nació de la Virgen, que murió en la Cruz, es Cristo el Señor y es nuestro único Salvador, y todos los que se salven serán bajo su nombre. Tres etapas.

Esta fiesta del bautismo del Señor, como les decía al principio, es la que nos habla de la adultez, vamos a decirlo así, de Jesús. Habíamos visto el nacimiento, los pastores, los Ángeles, los Reyes; aquí Jesús comienza a tomar iniciativas, y la iniciativa que toma es precisamente ir a escuchar a Juan y quiere, como uno más, recibir el bautismo de conversión que Juan daba a todos aquellos que acudían a él. ¿Es que Jesús tenía que convertirse? No, es que Jesús venía a salvar a los hombres no con hechos portentosos sino haciéndose uno más, como cualquier hombre, poniéndose en la fila. Me imagino a Jesús en aquella fila de personas que iban a recibir el bautismo, como uno más.

Por eso es que Isaías dice, Él no hizo ningún aspaviento, ningún alboroto, Él quiso ser uno más; para decir que venía a salvarnos precisamente con nuestras “armas”, con las “armas” que Dios les ha dado a los hombres, que es la fe y la confianza en Dios y que eso nos hace tomar las decisiones en la vida.

Esta acción de Jesús, el bautismo de conversión que Él recibe, es lo que nos hace en este día recordar que todos nosotros fuimos bautizados un día. Fuimos bautizados un día porque proclamamos que Jesús es nuestro Señor, fuimos bautizados en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Fuimos ungidos con óleo en la frente diciendo: son consagrados, son templo del Espíritu Santo.

Si Isaías lo anunció, Juan lo señaló, a nosotros nos toca ahora señalarle ante los ojos de los hombres, y decir “Ése es nuestro único Salvador”. Ése es. Esa es la misión del cristiano, vivir como Jesús nos enseña con su palabra y con su vida. ¿Cómo tenemos que vivir como cristianos? Ámense los unos a los otros, en eso conocerán que son discípulos míos, tengan sólo a Dios como su Señor y a nadie más. Y eso es lo que el Señor quiere decirnos a nosotros, que somos bautizados, y a todos aquellos que acepten la palabra de Dios.

Hay veces que se dice, “fulano se está preparando para el bautismo, él tiene clase tal día, los miércoles por la tarde”; y eso me parece a mí que es una escuela, o que están estudiando una asignatura, a mi me gusta decir “se están educando en la fe”. Porque la educación es diferente al conocimiento, a la formación, la educación es vida. Por eso en este día me gusta pedir por aquellos que se están preparando para recibir a Jesús, para bautizarse, para que se den cuenta de que es un paso transcendental en la vida. Tengamos a todos los que se van a bautizar presentes. Pero recordémonos de nuestro bautismo, porque sabemos que la vida muchas veces nos lleva por caminos que son difíciles, y hay veces que no seguimos los caminos de Jesús.

Vamos a recordarnos de nuestro bautismo, las promesas de fidelidad que hicimos nosotros mismos de mayores si nos bautizamos de mayores, o nuestros padres y vamos a decir: Señor yo quiero ser fiel, yo quiero ser testigo tuyo, yo quiero que, con mi testimonio, con mi vida, con mi palabra, yo también le señale a los demás, que Tú eres el único Salvador.

Hermanos en este mundo, como en todas las épocas, es necesario señalar que Jesús es el único Salvador. Hay muchas personas que durante este año que pasó, ya sea por enfermedades, por guerras, por situaciones difíciles, por injusticias, han perdido la esperanza, y han perdido la confianza. Muchos habían puesto la confianza en los hombres, y los hombres les han defraudado, y ahora se sienten solos. ¿A dónde acudo? Ese es Jesús, el hijo de Dios que vino a hacer el bien, y haciendo el bien combatió el mal. Nosotros somos los indicados en estos momentos que se necesita el ánimo, porque hay veces que el mal parece que triunfa. Hermanos, el mal triunfa momentáneamente, pero sabemos que la victoria es de nuestro Dios.

Demos que tener claro esta verdad: Cristo es el Salvador. Teniendo eso, afrontamos todas esas aparentes victorias del mal.

Que Dios nos ayude a ser buenos testigos de Jesús, a dar testimonio en mi familia, en mi centro de trabajo, y no tener miedo de proclamarlo. ¿Por qué? porque precisamente Él es, como dice el texto, “eres mi Hijo amado, mi predilecto”. Por lo tanto si Jesús es el Hijo amado de Dios, sabemos todos nosotros que somos hijos de Dios en Cristo Jesús, que somos amados de Dios. Podrán venir tiempos difíciles e inciertos, dondequiera, pero Jesús es mi Salvador, en Él pongo mi confianza, Él me sabrá guiar. Todo lo espero de Él.

Que el Señor nos ayude a todos a vivir así.

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