Mensaje de Monseñor Juan de Dios Hernández Ruiz, sj, Obispo de Pinar del Río. Domingo 27 de diciembre del 2020, Sagrada Familia

Queridos hijos e hijas, soy Mons. Juan de Dios Hernández Ruíz. sj, Obispo de la diócesis de Pinar del Río.
Hoy el Evangelio nos narra una escena impresionante. María y José van a cumplir con la ley de su pueblo y llevan al Niño al Templo para presentárselo a Dios. Un anciano sale a su encuentro y comienza a alabar a Dios por la grandeza de su amor, acto seguido profetiza sobre el Niño que será señal de contradicción para el mundo; y al mirar a María le anuncia que una espada de dolor le atravesará el corazón.
Imagínense cuántas cosas pasarían por la mente y el corazón de María. Si analizamos las etapas de la vida de María descubriríamos que desde ese mismo momento la profecía comenzaba a cumplirse: se verían obligados a huir a Egipto para salvar a Jesús de la muerte a la que había condenado el rey Herodes  a todos los menores de dos años, viviría la angustia de no encontrarlo, siendo adolescente, cuando van a visitar el Templo de Jerusalén, y así sucesivamente comenzará a vivir una serie de acontecimientos que la llevarán constantemente, a recordar las palabras de aquel anciano.
En la misma escena aparece Ana a quien se le atribuye la edad de 105 años al morir. Esto equivaldría a 15 ciclos de siete años, dos de ellos para la edad en la que acostumbraban a realizar el matrimonio, oficialmente de catorce años. Era una mujer que había dedicado la mayor parte de su vida a encontrarse con Dios y por lo tanto tenía la certeza de que Dios cumpliría sus promesas de enviar al Salvador. Los ojos de Ana se abrieron a la gloria de Dios y al encontrarse con la Sagrada Familia, comenzó a alabar al Señor y a agradecerle por la llegada del Esperado de los tiempos.
Toda esta revelación ocurre alrededor de la familia de Nazaret, la que no iba a estar exenta de problemas porque Dios estaba con ellos, sino la que iba a enfrentar los problemas de una manera distinta porque sabían que Dios estaba con ellos y todo se solucionaba porque estaban juntos.
En la festividad de la Sagrada Familia, recordamos y celebramos que Dios quiso nacer dentro de una familia para que tuviera alguien que lo cuidara, lo protegiera, lo ayudara y lo aceptara como era.
Al nacer Jesús en una familia, el Hijo de Dios ha santificado la familia humana.
María y José cuidaban a Jesús, se esforzaban y trabajaban para que nada le faltara, tal como lo hacen todos los buenos padres por sus hijos. José era carpintero, Jesús le ayudaba en sus trabajos, ya que después lo reconocen como el “hijo del carpintero”. María se dedicaba a cuidar que no faltara nada en la casa de Nazaret. Jesús aprendió a trabajar y a ayudar a su familia con generosidad. Él siendo Todopoderoso, obedecía a sus padres humanos, confiaba en ellos, los ayudaba y los quería.
Las familias de hoy, deben seguir este ejemplo tan hermoso que nos dejó Jesús tratando de imitar las virtudes que vivía la Sagrada Familia: sencillez, bondad, humildad, caridad, laboriosidad, etc.
La familia debe ser una escuela de virtudes. Es el lugar donde crecen los hijos, donde se forman los cimientos de su personalidad para el resto de su vida y donde se aprende a ser un buen cristiano. Es en la familia donde se formará el temple, inteligencia y voluntad del niño. Esta es una labor hermosa y delicada que nadie más que la familia puede realizar, por eso la escuela, la familia y la sociedad deben compenetrarse en la tarea de la educación de las nuevas generaciones. Enseñar a los niños el camino hacia Dios es la mejor manera de educarlos para que sean hombres y mujeres dignos que se comprometan con el futuro del mundo en que viven.
El Papa Juan Pablo II en su carta a las familias nos dice que es necesario que los esposos orienten, desde el principio, su corazón y sus pensamientos hacia Dios, para que su paternidad y maternidad, encuentre en Él la fuerza para renovarse continuamente en el amor.
Así como Jesús creció en sabiduría y gracia ante Dios y los hombres, en nuestras familias debe suceder lo mismo. Esto significa que los niños deben aprender a ser amables y respetuosos con todos, ser estudiosos, obedecer a sus padres, confiar en ellos, ayudarlos y quererlos, orar por ellos; y todo esto en familia.
Recordemos que “la salvación del mundo vino a través del corazón de la Sagrada Familia”.
La salvación del mundo, el porvenir de la humanidad de los pueblos y sociedades pasa siempre por el corazón de toda familia. Es la célula de la sociedad.
Pidamos a Dios porque siempre el hombre sepa respetar los límites necesarios para conservar sana la familia humana y que no nos dejemos arrastrar por las nuevas corrientes que intentan restarle importancia o modificar su esencia.
La presentación de Jesús en el Templo de Jerusalén junto a su padre y a su madre asegura, firma, un pacto, cuyo cumplimiento tendrá lugar en el momento de nuestro abrazo definitivo con Dios, cuando cansados de nuestro peregrinar por esta tierra, le podamos decir a Dios: ¡Valió la pena apostar por ti!
Que la Sagrada Familia de Nazaret nos ilumine siempre.

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