Mi Cuerpo es mi Vida. Algunos apuntes sobre el documental de Lizette Vila e Ingrid León, puesto en circulación recientemente en las salas de cine del país. Bitácora del Paquete Semanal

Por Julio Pernús*

El sociólogo polaco Zygmunt Bauman alguna vez expresó que nuestras sociedades modernas son lugares donde “lo agradable sólo puede reconocerse cuando se desecha lo inútil, los residuos deben ser eliminados por los basureros, los héroes olvidados de la modernidad.” El documental “Mi Cuerpo es mi Vida”, de las realizadoras cubanas Lizette Vila e Ingrid León, logra insuflar desde historias reales una mirada transfigurada sobre personas aparentemente rotas, al ser portadoras de un cuerpo defectuoso. Ellos han logrado salir adelante en medio de un mundo que les etiqueta gritando: “estás dañado, deja de andar”.
Un rasgo distintivo es que los testimonios compartidos son de diferentes lugares del país y van desde un muchacho de 17 años con un aprendizaje lento, hasta un pintor de más de 70 años sin sus extremidades. Ver el cuerpo como nuestro principal espacio público, nos ayuda a sentir y padecer a medida que van transcurriendo los minutos, junto al joven camillero que contrajo el VIH al atender a un paciente herido que llegó a su hospital en malas condiciones; o la mujer víctima del abuso del esposo que, con un puñal, la dejó inválida para toda la vida.

Cerca de 650 millones de personas en el mundo viven con discapacidad. En la obra se plantea que “los cuerpos se enferman de forma diversa, se ahogan en sí mismos”. El mensaje principal que logra transmitir el lente, al captar el alma de estos cuerpos mutilados, es la superación humana, partiendo de un deseo consciente de ponernos en el lugar del prójimo. Es increíble cómo, a pesar de que a muchas de estas personas les han negado ayuda institucional por sus defectos, ellos siguen viendo la vida como una oportunidad y tratan de vivirla al máximo.

En la obra aparecen personas públicas y rostros de gente común, atrapados en cuerpos heridos y emanados en la lucha por seguir construyendo con la mayor calidad posible sus años. Es casi imposible no conmoverse interiormente al ver esa mujer víctima de abuso infantil y sus consecuentes daños sicológicos, o la persona que afectada por la violencia obstétrica debe vivir su vida sumida en la discapacidad. Pero, cada momento del audiovisual es también una oportunidad para reflexionar sobre la bondad humana, pues en ningún caso se denota un odio a la vida o sus agresores; más bien hay un agradecimiento espiritual que se transparenta en sus rostros enfocados en dibujar amor.

Uno de los protagonistas expresa: “mi cuerpo es mi vida” y, sin lugar a dudas, estamos en presencia de una pieza artística que nos educa para sentirnos también corresponsables, junto con Dios, del cuidado de esa hermana o hermano que sufre algún tipo de discapacidad física o psicológica. La obra de Lizette Vila e Ingrid León trata de romper el unidireccional discurso de pena hacia esos seres descartados por una sociedad perfectivista y nos convoca a sentirnos parte de un poliedro social, donde cada ser humano es un hilo imprescindible para lograr un armónico tejido social.

*Comunidad de la Asunción en Guanabacoa, Arquidiócesis de La Habana

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