Alocución radial de Mons. Juan Gabriel Díaz Ruiz Obispo de Ciego de Ávila

Estamos concluyendo el año civil, y también el litúrgico llega casi a su final; como es costumbre, las lecturas de estos últimos días desean centrar nuestra atención en el tema de la vigilancia cristiana y la preparación del creyente que espera la llegada definitiva del Señor, tal como Él lo prometió. La parábola de hoy, como todas las que Jesús pronunció, se refiere a una situación de la vida cotidiana: la celebración de una boda, y a partir de ella se propone dar una lección de fe para la comunidad cristiana.
Esta es una de las parábolas más conocidas y representadas en el arte cristiano; abundan las interpretaciones acerca de su significado, válidas unas, otras no tanto, pero el núcleo de su mensaje es muy sencillo y directo: es una reafirmación de la frase que encontramos, por ejemplo, en la parábola de los invitados a la boda, de cuatro domingos atrás, “muchos son los llamados y pocos los escogidos”. Según esto, debemos comprender que la llamada a la fe que Dios nos ha hecho no constituye una garantía absoluta y sin condiciones de la entrada en su Reino; si importante es la llamada, sin la cual no tendríamos fe, también lo es nuestra respuesta personal a ella que, necesariamente, se debe manifestar en el estilo de vida, las actitudes y acciones de nuestra existencia cotidiana.
El cristiano que haya tomado conciencia de lo anterior se esforzará, con la gracia de Dios, en el cumplimiento de la voluntad del Señor y esto le permitirá vivir sin rastros de angustia o temor que pudieran generarle dos hechos innegables: no sabemos el día ni la hora en que Cristo volverá por última vez; tampoco, además, el momento de nuestra muerte. Quien está en el camino del bien y obra en consecuencia, está preparado, como las muchachas prudentes de la parábola, para salir al encuentro del Señor, no necesitará prórrogas para arreglos de última hora. Sucede que, además, cuando el Señor venga, ya no habrá posibilidad alguna de retrasos, la puerta que permanece cerrada para las muchachas descuidadas, a pesar de sus ruegos insistentes, es un modo gráfico de recordárnoslo. Así, la parábola en cuestión quiere despertar nuestra conciencia e invitarnos a vivir una fe activa y auténtica, para que cuando el Señor venga nos encuentre preparados, con nuestras lámparas encendidas, ocupándonos, en definitiva, de lo que tenemos que hacer; ojalá que así sea para todos nosotros.

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