Mensaje de Monseñor Juan Gabriel Díaz Ruiz, Obispo de Ciego de Ávila. Domingo 25 de octubre 2 020

Un nuevo encuentro de Jesús con sus adversarios, en este caso los fariseos, otra vez una pregunta para ponerlo a prueba delante de sus discípulos y simpatizantes. Ahora se trata sobre cuál es el mayor o principal de los mandamientos de la Ley de Dios. En este pasaje el Señor no dice nada que no esté ya contenido en la tradición de fe del pueblo judío y utiliza para responderle al maestro de la Ley las citas que esa propia ley, fundamento de la vida de los israelitas, enseñaba acerca del tema.
Jesús declara, en primer lugar, que el amor a Dios, entendido como la cercanía a Él y la obediencia a su voluntad, constituyen una condición indispensable para la vida del creyente y exigen de éste el esfuerzo máximo, por esto se debe amar a Dios “con todo el corazón, con toda el alma, con todo el ser”; no hay, por tanto, excepciones a este mandamiento. Al decir que es el “principal y primero” de los mandamientos, está indicando la exigencia absoluta que tiene para todos y siempre.
La respuesta del Señor añade algo que no se le ha preguntado, porque a continuación hace referencia al mandamiento del amor al prójimo como el segundo mandamiento, lo califica como “semejante” al primero que ha mencionado; esto no implica que ambos mandamientos se encuentren en el mismo nivel de importancia: el amor a Dios, por supuesto, está por encima de todo, no obstante -viene a decirnos Jesús- la exigencia del amor al prójimo es también imprescindible en la vida del creyente, no puede faltar nunca. Aquí “amar al prójimo” no se refiere al mundo de los sentimientos, sino al comportamiento práctico del creyente ante la realidad de una persona necesitada de ayuda: compasión, cercanía, solidaridad activa; al respecto es muy iluminadora la parábola del buen samaritano que, en la versión del evangelista Lucas capítulo 10 versículo 25 en adelante, ilustra, además, el alcance del concepto de “prójimo” como cualquier persona necesitada, sin importar su modo de pensar, procedencia y demás. Sabemos, también, que Jesucristo incluyó asimismo a los enemigos y perseguidores en el conjunto de aquellos que debemos amar, como en Mt 5,43-48, por ejemplo.
Resumiendo, Jesús en el evangelio de este domingo nos enseña que, primero, la búsqueda constante de la voluntad de Dios, la fidelidad a sus mandamientos y la cercanía a Él, unidas, además, a una actitud solidaria hacia todo aquel que se encuentre necesitado, material o espiritualmente, y que se exprese en obras concretas para remediar, hasta donde sea posible, esa carencia o sufrimiento, son la base de toda la vida del creyente, no pueden estar ausentes jamás en la práctica de la fe. Una verdad concluyente, pero que, de manera increíble, olvidamos con cierta frecuencia. Estos son los fundamentos para nuestra vida cristiana, solo falta que, con la gracia del Espíritu Santo, los pongamos en práctica.

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