Mensaje de Mons. Juan de Dios Hernández Ruíz Sj, Obispo de Pinar del Río correspondiente al domingo 25 de octubre 2020.

Queridos hijos e hijas, les habla Mons. Juan de Dios Hernández Ruíz, Obispo de esta diócesis de Pinar del Río, pastor de todos ustedes.

Hoy hemos escuchado un fragmento del Evangelio que la liturgia de la Iglesia nos propone para este miércoles 28 de octubre, fiesta de los apóstoles Simón y Judas. Es el texto en el que Lucas nos narra precisamente la elección de los 12 apóstoles, aquellos que fueron los amigos cercanos de Jesús, los principales misioneros de los primeros años del cristianismo. Aquellos que no pudieron callar lo que habían visto y oído y salieron por el mundo entero anunciando el Evangelio.

Esta semana, al concluir el mes de octubre, damos cierre también al mes misionero, pero esto no significa que cesen nuestro compromiso con la proclamación del Reino de Dios entre los hombres. Esa es una misión que no termina y que abarca las 24 horas de los 365 días del año.

Algo importante a resaltar del texto proclamado es que comienza diciendo que “Jesús se había apartado al monte a orar y se pasó toda la noche orando a Dios”. Antes o durante los sucesos más importantes de la vida, Jesús oraba. Porque toda su vida estaba en sintonía con la voluntad del Padre. A Él le confío siempre toda acción o sentimiento. En las manos de Dios estaba todo su ser. Ante algo tan importante como la elección de los cimientos de la Iglesia naciente, que lo constituía aquel grupo de doce hombres, Jesús permanece despierto para escuchar la voz de Dios. Ellos iban a ser los primeros testigos de la resurrección, los primeros guías de la comunidad- madre, los representantes de las 12 tribus del nuevo Israel y los misioneros entre los judíos y gentiles.

Gracias a aquel pequeño grupo de hombres, llenos de pecados, conflictos, dudas y temores, hoy nosotros conocemos a Dios. Gracias a que ellos fueron dóciles a lo que Dios le pedía y se mantuvieron fieles a pesar de las incomodidades propias del estilo de vida por el que habían optado, nosotros hoy podemos proclamar que creemos y pertenecemos a la Iglesia que es Una, Santa, Católica y Apostólica. Ellos dijeron Sí a la llamada de Dios, y más de 2000 años después de aquel suceso, nosotros hoy sabemos y podemos confiar en que tenemos un Padre que nos ama, nos invita a ser parte en el banquete del Reino, y nos levanta y reanima cuando creemos que no podemos más.

Entonces, ¿a qué reflexión personal me invita este pasaje? ¿A qué actitudes concretas de vida?

Muchas veces ponemos trabas en nuestra vida para no hacer lo que sabemos que Dios nos está pidiendo, o tratamos de moldear su voluntad a la nuestra. Muchas veces sufrimos las consecuencias de las debilidades humanas que nos impiden avanzar, pero cuando somos capaces de vencer esas barreras y miramos a nuestro alrededor descubriendo los frutos de nuestro esfuerzo, esa tierra fértil donde Dios ha florecido también con nuestro aporte, nos damos cuenta de que los sacrificios valen la pena, y aunque en el momento no recojamos la cosecha que deseamos, algo de la semilla sembrada ha quedado.

¡Qué hermoso es escuchar el testimonio de un laico, sacerdote o consagrado, que exprese su recuerdo y cariño por su catequista de niño, o por aquel otro cristiano que fue puente entre Dios y él!

Pasamos por el mundo dejando huellas. ¡Qué bueno cuando éstas han servido para que otros encuentren el camino que los conduce a la Salvación!

Que María de la Caridad, Maestra del seguimiento a Dios, nos ayude a comprometernos seriamente con el anuncio del Evangelio, no sólo de palabra, sino y sobre todo, con nuestra vida. Que así sea.

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