Mensaje de Monseñor Juan Gabriel Díaz Ruíz, Obispo de Ciego de Ávila. Domingo 11 de octubre de 2020

“Muchos son los llamados y pocos los escogidos”, las palabras de Jesús en el evangelio que escuchamos aparentemente contradicen la universalidad de la salvación que Él mismo anunció en su predicación y mostró con hechos al hacerse cercano a los pecadores y otras categorías de personas consideradas perdidas sin remedio. La parábola de este domingo recuerda de nuevo la historia de rechazos y persecuciones que han sufrido los enviados por Dios para urgir a su pueblo Israel la vuelta a la fidelidad a la Alianza; al final, la invitación a entrar al banquete de bodas, un símbolo muy conocido en La Biblia para representar la comunión íntima con Dios y la felicidad total que se deriva de ella, se extiende a todos: malos y buenos; con lo cual queda afirmada la voluntad universal de salvación de parte de Dios.

En los finales de la parábola sucede un episodio curioso: el rey, tantas veces despreciado por los invitados iniciales, entra al salón del banquete para saludar a los comensales y encuentra a uno de ellos sin traje de fiesta, el desenlace lo conocemos: es atado de pies y manos y arrojado a las tinieblas. La lógica nos hará reaccionar de inmediato con asombro: ¿cómo es posible exigirle a un caminante, que pasaba por casualidad por un cruce de caminos, el estar vestido, precisamente, para asistir a una boda?, ¿acaso no es una arbitrariedad del rey? y, los demás comensales, tomados también todos ellos de sorpresa por el convite, ¿cómo es posible que estén bien vestidos para la ocasión? No hay dudas de que el Señor quiere indicar algo importante con estos detalles, y para ello utiliza un recurso frecuente en las parábolas, el uso de lo insólito, inesperado, sorprendente o, incluso, lo exagerado, para despertar al oyente y llamar su atención sobre una enseñanza clave.

Entenderemos bien el significado si lo unimos a la frase final de Jesús, que resume la enseñanza de la parábola. La salvación de Dios, ofrecida, en primer lugar, al pueblo de Israel, por ser el pueblo de la Alianza, a través del cual hemos conocido al Dios verdadero y del cual procede el Salvador prometido, Jesucristo, se ofrece también, por medio de Él, a todos los pueblos de la tierra, sin importar procedencia, historia, raza o costumbres. Pero esta salvación no es automática ni un cheque en blanco que Dios firma sin ningún compromiso de nuestra parte, tampoco la autorización para que, hagamos lo que hagamos, podamos entrar al Reino de Dios. La invitación del Señor pide una contestación, simbolizada en el uso o no del vestido de fiesta, una respuesta concreta en la vida, con acciones, actitudes y palabras; quien no la dé satisfactoriamente, no entrará en el Reino.

La advertencia la vuelve a hacer Jesús a las autoridades religiosas de Israel, que lo rechazan y no quieren aceptarlo como el Salvador, pero vale muy bien para los cristianos, no sea que nos “durmamos en los laureles”, pensando que todo está hecho y ya tenemos en propiedad un puesto fijo en el banquete del Reino de Dios. Todos los dones del Señor siempre implican una tarea, una respuesta de vida por nuestra parte. Podemos entender ahora la frase con la cual iniciamos esta reflexión: muchos son los llamados a la salvación, es decir, toda la Humanidad, pero pocos, o sea, no todos, lamentablemente, entrarán en ella, a causa de su respuesta inadecuada a la llamada divina. De cada uno depende, pues, el darla como corresponde.

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