Alocución radial de Mons. Wilfredo Pino Estévez, Arzobispo de Camagüey, por Radio Cadena Agramonte (28-06-2020)

Queridos hijos e hijas: Mañana será la fiesta de San Pedro y San Pablo. Ambos, por caminos diversos, congregaron la única Iglesia de Cristo, y a los dos, coronados por el martirio, celebramos con una misma veneración. La celebración de hoy une en una sola fiesta a estas dos columnas de la Iglesia. Pedro fue el primero en confesar la fe y fundó la primitiva Iglesia con el resto de Israel. Y Pablo fue el maestro insigne que interpretó la fe y el que la extendió más allá de las fronteras del pueblo de Israel.

Escuchemos a continuación dos lecturas de la Biblia. En la primera se nos brinda una pequeña biografía que San Pablo hace de sí mismo. Solo recordarles que Pablo escribió varias cartas que forman parte de la Biblia, fue un incansable misionero y, al final de su vida, murió decapitado, tres años después de Pedro, durante la persecución del emperador Nerón.

LECTURA DE LOS HECHOS DE LOS APÓSTOLES, capítulo 22, versículos del 3 al 16.
“En aquellos días dijo Pablo al pueblo: ‘Yo soy judío, nací en Tarso de Cilicia, pero me crie en esta ciudad; fui alumno de Gamaliel y aprendí hasta el último detalle de la ley de nuestros padres; he servido a Dios con tanto fervor como ustedes muestran ahora. Yo perseguí a muerte este nuevo camino metiendo en la cárcel, encadenados, a hombres y mujeres; y son testigos de esto el mismo sumo sacerdote y el senado. Ellos me dieron cartas para los hermanos de Damasco, y fui allí para traer presos a Jerusalén a los que encontrase, para que los condenaran.
Pero en el viaje, cerca ya de Damasco, hacia mediodía, de repente un relámpago me envolvió con su resplandor, caí por tierra y oí una voz que me decía: ‘Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?’ Yo pregunté: ‘¿Quién eres, Señor?’ Me respondió: ‘Yo soy Jesús Nazareno, a quien tú persigues’.
Mis compañeros vieron el resplandor, pero no comprendieron lo que decía la voz. Yo pregunté: ‘¿Qué debo hacer, Señor?’ El Señor me respondió: ‘Levántate, sigue hasta Damasco y allí te dirán lo que tienes que hacer. Como yo no veía, cegado por el resplandor del relámpago, mis compañeros me llevaron de la mano a Damasco.
Un cierto Ananías, devoto de la ley, recomendado por todos los judíos de la ciudad, vino a verme, se puso a mi lado y me dijo: ‘Saulo, hermano, recobra la vista’. Inmediatamente recobré la vista y lo vi. Él me dijo: ‘El Dios de nuestros padres te ha elegido para que conozcan su voluntad, para que vieras al Justo y oyeras su voz, porque vas a ser testigo ante todos los hombres de lo que has visto y oído. Ahora no pierdas tiempo; levántate, recibe el bautismo que por la invocación de su nombre, lavará tus pecados”.
PALABRA DE DIOS. TE ALABAMOS, SEÑOR.

Y ahora escucharemos la confesión de fe de San Pedro. Les recuerdo que el oficio de Pedro era el de pescador (Mt. 4, 18). Y que se llamaba Simón, pero Jesús le cambió su nombre por el de Pedro, que significa ‘roca’ (Jn. 1, 42). En el momento de la detención de Jesús, Pedro tuvo miedo y negó tres veces a Jesús (Mt. 26, 69-75). Pero luego se arrepintió y, como señala la Biblia, “lloró amargamente” (Lc. 22, 62). Por esto, Jesús se le apareció especialmente después de la resurrección y le pidió cuidar de sus ovejas (Jn. 21. 15-19). Pedro murió en Roma, también durante la persecución del emperador Nerón, crucificado, como su maestro, pero con la cabeza hacia abajo a petición propia, por no considerarse digno de morir como Cristo.

LECTURA DEL EVANGELIO SEGÚN SAN MATEO, capítulo 16, versículos del 13 al 19
“En aquel tiempo llegó Jesús a la región de Cesarea de Filipo y preguntaba a sus discípulos: ¿Quién dice la gente que es el Hijo del Hombre? Ellos contestaron: Unos que Juan Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o uno de los profetas. Él les preguntó: Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo? Simón Pedro tomó la palabra y dijo: Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo. Jesús le respondió: ¡Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás, porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo! Ahora te digo yo: Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará. Te daré las llaves del Reino de los cielos; lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo, y lo que desates en la tierra quedará desatado en el cielo.
PALABRA DEL SEÑOR. GLORIA A TI, SEÑOR JESÚS

Queridos todos: Quisiera aprovechar la fiesta de éstos dos grandes santos de la Iglesia para conversar con ustedes sobre el tema de la santidad. Puede que nos preguntemos: ¿Cómo se llega a ser santo? La santidad ¿es algo para personas cualificadas, sabias, inteligentes? ¿Tú y yo podríamos ser santos?
Comienzo por decirles que todos, repito TODOS, estamos llamados a ser santos. La Biblia nos dice en el libro del Levítico (11, 44): “Sean santos como Dios es Santo”. Por su parte, Jesucristo nos pide en el evangelio (Mt. 5, 48): “Sean perfectos como su Padre del cielo es perfecto”. Por tanto, la llamada a la santidad no es un privilegio al que sólo pueden aspirar algunos cristianos. A veces pensamos que para ser santos “hay que nacer santos”, y olvidamos que los santos fueron personas de carne y hueso como nosotros. Tuvieron fecha de nacimiento y de muerte. Los santos son esa multitud innumerable de hombres y mujeres, de toda raza, edad y condición, que se desvivieron por los demás, que vencieron el egoísmo, que perdonaron siempre.

Si revisamos la relación de los santos veremos que en ella hay santos y santas, hombres y mujeres. Que hay santos que fueron Papas (como San Juan XXIII y San Pío X), sacerdotes (como San Juan Bosco), diáconos (como San Esteban y San Francisco de Asís), monjas (como Santa Clara) y obispos (como San Antonio María Claret). Que hay santos que murieron muy jóvenes como Santo Domingo Savio, Santa Inés, Santa Laura Vicuña y Santa María Goretti, y santos ancianos como la Madre Teresa de Calcuta. Que hay santos que fueron casados (como el apóstol Pedro), santos que fueron solteros (como el apóstol Juan), que fueron viudos (como Santa Rita de Casia) y matrimonios en los que los dos, marido y mujer, han sido declarados santos (como los padres de Santa Teresita del Niño Jesús). Que hay santos que murieron mártires (como San Ignacio de Antioquía y Monseñor Oscar Arnulfo Romero) y otros que murieron de muerte natural (como el Papa San Juan Pablo II). Que hay santos que fueron políticos (como Santo Tomás Moro), que fueron médicos (como San Lucas), que fueron amas de casa (como Santa Mónica). Que hay santos negros (como el ugandés San Carlos Lwanga) y santos mulatos (como San Martín de Porres). Que hay santos enfermeros (como el Padre Olallo), santos Ministros de la Comunión (como San Tarsicio), y santos que antes habían perseguido ferozmente a la Iglesia (como San Pablo). Que hay santos desde pequeños y por toda la vida, y santos que alcanzaron la santidad en el último momento de sus vidas como el buen ladrón crucificado al lado de Jesús (Lc. 23, 43). Y hay también muchos, muchísimos santos cuyos nombres no conocemos.

La Iglesia tiene un catálogo con los nombres de los santos. Pero ella es la primera en reconocer que allí es imposible tenerlos a todos. Nosotros seguramente hemos conocido personas extraordinarias, serviciales, buenas, que vivieron para los demás y de las que estamos seguros que, al morir, Dios las recibió en su Reino. Por eso la Iglesia celebra una fiesta el 1 de noviembre de cada año. Es la fiesta que se dedica a todos los santos, los conocidos y los desconocidos. Ese día se veneran los santos anónimos, desconocidos, los santos del pueblo. Es una fiesta que se parece a esos monumentos “Al Soldado Desconocido” que hay en muchos pueblos, como en el Casino Campestre de nuestra ciudad, con los que se rinde homenaje a tantos que lucharon junto a los muy conocidos Agramonte, Céspedes, Maceo, etc., pero que la historia no recogió los nombres de todos.

Debemos animarnos a la santidad pensando que todos los santos se consideraban a sí mismos como pecadores necesitados de la misericordia de Dios. Porque en esto tenemos algo en común con ellos. El profeta Isaías se consideraba a sí mismo como “un hombre de labios impuros” (Is. 6, 5). Y el apóstol Pedro llega a decirle a Jesús: “Apártate de mí, Señor, que soy un pecador”.

Fue el Papa Benedicto XVI, al comienzo de su pontificado, quien dijo: “Dios no llama a los capacitados, sino que capacita a los que llama”. Y en una audiencia a los peregrinos de los miércoles dijo textualmente: “Los santos no son personas que nunca han cometido errores o pecados, sino que se arrepienten y se reconcilian. Y esta constatación es un motivo de consuelo personal, pues vemos que los santos “no han caído del cielo”. Son hombres como nosotros, con problemas complicados. La santidad crece con la capacidad de conversión, de arrepentimiento, de disponibilidad para volver a comenzar y, sobre todo, con la capacidad de reconciliación y de perdón. Y todos podemos aprender este camino de santidad”.

El que seamos santos no es sólo un deseo de Dios. Es también del pueblo que nos rodea. “¡Y eso que va a la iglesia!” es la afirmación que hacen vecinos, compañeros de trabajo o escuela, cuando nos ven haciendo o diciendo algo que consideran no es propio de una persona creyente.

La santidad es un deseo de todos los que nos rodean. Un mal olor es percibido enseguida. Pero también el perfume. El mal es contagioso, pero el bien también. Las malas palabras se pegan, pero también las palabras de bien. Los malos ejemplos arrastran pero los buenos ejemplos cautivan. Ojalá que supiéramos rodearnos de personas que nos hagan crecer en santidad.

¡Cuánto sufre, por ejemplo, la familia de un pobre alcohólico! ¡Cuánto se sufre en un centro de trabajo, en una comunidad, con un trabajador conflictivo, enredador, chismoso, metecuentos! ¡Cuánto sufren los hijos de un padre violento, dictador, mujeriego! Y al contrario, ¡cuánta alegría inunda a los familiares de un pecador que se arrepiente y se convierte! Por eso Jesucristo le dijo al pecador Zaqueo, ya convertido: “Hoy ha llegado la salvación a tu casa” (Lc. 19, 9). No le dijo “a ti solo Zaqueo”, sino a “tu casa, Zaqueo”, o sea, a ti, Zaqueo y a tu familia toda.

Tenemos que aprender a descubrir la santidad en los demás. Vivimos junto a personas que son santas. El Papa Francisco, hace dos años, escribió sobre los que él llamó “los santos de la puerta de al lado”. Éstas fueron sus palabras: “Me gusta ver la santidad en el pueblo de Dios paciente: a los padres que crían con tanto amor a sus hijos, en esos hombres y mujeres que trabajan para llevar el pan a su casa, en los enfermos, en las religiosas ancianas que siguen sonriendo. Esa es muchas veces la santidad ‘de la puerta de al lado’, de aquellos que viven cerca de nosotros y son un reflejo de la presencia de Dios”.

Y, en su escrito, el Papa nos aclara: “Para ser santos no es necesario ser obispos, sacerdotes, religiosas o religiosos. Muchas veces tenemos la tentación de pensar que la santidad está reservada solo a quienes tienen la posibilidad de tomar distancia de las ocupaciones ordinarias, para dedicar mucho tiempo a la oración. No es así. Todos estamos llamados a ser santos viviendo con amor y ofreciendo el propio testimonio en las ocupaciones de cada día, allí donde cada uno se encuentra. ¿Eres consagrada o consagrado? Sé santo viviendo con alegría tu entrega. ¿Estás casado? Sé santo amando y ocupándote de tu marido o de tu esposa, como Cristo lo hizo con la Iglesia. ¿Eres un trabajador? Sé santo cumpliendo con honradez y competencia tu trabajo al servicio de los hermanos. ¿Eres padre, abuela o abuelo? Sé santo enseñando con paciencia a los niños a seguir a Jesús. ¿Tienes autoridad? Sé santo luchando por el bien común y renunciando a tus intereses personales”.

Termina el Papa indicando que “esta santidad a la que el Señor te llama irá creciendo con pequeños gestos”. Y pone el ejemplo de una señora que va a la tienda a hacer las compras, encuentra a una vecina y comienza a hablar, y vienen las críticas. Pero esta señora dice en su interior: “No, no hablaré mal de nadie”. Este es un paso en la santidad. Luego, en casa, su hijo le pide conversar acerca de sus fantasías, y aunque está cansada se sienta a su lado y escucha con paciencia y afecto. Esa es otra ofrenda que santifica. Luego vive un momento de angustia, pero recuerda el amor de la Virgen María, toma el rosario y reza con fe. Ese es otro camino de santidad. Luego va por la calle, encuentra a un pobre y se detiene a conversar con él con cariño. Ese es otro paso”. Más adelante, nos pidió: “Dejemonos estimular por los signos de santidad que el Señor nos presenta a través de los más humildes miembros del pueblo”. ¡Nosotros podemos ser santos! Que así sea.

Queridos hijos e hijas: El pasado viernes celebramos la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús. Hagamos nuestro el deseo de santidad repitiendo esta sencilla oración: HAZ MI CORAZÓN SEMEJANTE AL TUYO.

1-Corazón de Jesús, lleno de bondad y de amor. HAZ MI CORAZÓN SEMEJANTE AL TUYO.
2-Corazón de Jesús, digno de toda alabanza. HAZ MI CORAZÓN SEMEJANTE AL TUYO.
1-Corazón de Jesús, paciente y misericordioso. HAZ MI CORAZÓN SEMEJANTE AL TUYO.
2-Corazón de Jesús, obediente hasta la muerte. HAZ MI CORAZÓN SEMEJANTE AL TUYO.
1-Corazón de Jesús, traspasado por la lanza del soldado. HAZ MI CORAZÓN SEMEJANTE AL TUYO.
2-Corazón de Jesús, fuente de todo consuelo. HAZ MI CORAZÓN SEMEJANTE AL TUYO.
1-Corazón de Jesús, salvación de los que en ti esperan. HAZ MI CORAZÓN SEMEJANTE AL TUYO.
2-Corazón de Jesús, delicia de todos los santos. HAZ MI CORAZÓN SEMEJANTE AL TUYO.
1-Corazón de Jesús, manso y humilde. HAZ MI CORAZÓN SEMEJANTE AL TUYO.

Oremos: Señor, tú que nos llenas de santa alegría en la celebración de la fiesta de San Pedro y San Pablo, haz que tu Iglesia se mantenga siempre fiel a las enseñanzas de aquellos que fueron fundamento de nuestra fe cristiana. Por Jesucristo, nuestro Señor. AMÉN.

INVITACIÓN A LA COMUNIÓN ESPIRITUAL

Y como cada domingo, los invito a hacer una comunión espiritual. Prepárense para ello, rezando la oración que el mismo Jesús nos enseñó: PADRE NUESTRO…
Hacen, entonces, la comunión espiritual, mientras meditan con esta oración que hará el P. Cambra:
Creo, Jesús mío, que estás real y verdaderamente en el cielo y en el Santísimo Sacramento del Altar. Te amo sobre todas las cosas, y deseo vivamente recibirte dentro de mi alma, pero no pudiendo hacerlo ahora sacramentalmente, ven al menos espiritualmente a mi corazón. Y como si ya te hubiese recibido, te abrazo y me uno del todo a Ti. Señor, no permitas que jamás me aparte de Ti. Amén.

Y contemplando la imagen de la Virgen que tienen en su hogar, pidanle a ella que todos sintamos en cualquier momento, especialmente los difíciles como éste que vivimos, su manto maternal sobre nosotros. Rezamos: DIOS TE SALVE, MARÍA…

Terminamos pidiéndole a Dios su bendición. Bendición que llegue, como cada domingo, a todos los que se esfuerzan en vencer esta epidemia que pasamos. Bendición, como siempre, para los que están tristes y desanimados, para los que se han alejado de Dios y quieren volver a él, para los que están pasando dificultades materiales o de salud, para los que se esmeran tratando de hacerlo todo bien y alcanzar así la santidad.
Reciban esta triple bendición, a cada una de las cuales ustedes responderán rezando: AMÉN.

El Dios que los ha edificado sobre el cimiento de los apóstoles, por la intercesión gloriosa de los santos apóstoles Pedro y Pablo, los llene de sus bendiciones. AMÉN.
Que por la intercesión de todos los santos, ustedes se vean libres de todo mal, y, alentados por el ejemplo de su vida, perseveren constantes en el servicio de Dios y de los hermanos. AMÉN.
Y que Dios les conceda reunirse un día con los santos en la felicidad de su Reino, donde la Iglesia contempla con gozo a sus hijos entre los moradores de la Jerusalén celestial. AMÉN.
Y que la bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo descienda sobre ustedes y permanezca para siempre. AMÉN.

Les recuerdo que, si Dios quiere, volveré el próximo domingo, para compartir con ustedes, a esta misma hora y por Radio Cadena Agramonte.

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