Alocución radial de Mons. Juan de Dios Hernández, Obispo de Pinar del Río, para el domingo 14 de junio de 2020

Solemnidad del Corpus Christi

Queridos hijos e hijas doy gracias a Dios por podernos encontrar nuevamente. Soy Mons. Juan de Dios Hernández Ruíz, Obispo de esta diócesis que ocupa los territorios de las provincias civiles de Pinar del Río y parte de Artemisa.

“No te olvides del Señor, tu Dios, que te liberó de la esclavitud de Egipto… que en tierra reseca y sedienta hizo brotar de la dura roca agua para ti; que te alimentó en el desierto con el maná, un alimento que no conocieron tus antepasados”. Así concluye la primera lectura que la liturgia nos propone hoy. Tomada del libro del Deuteronomio; Moisés le recuerda al pueblo la presencia de Dios entre ellos. Dios había hecho alianza con ellos y era fiel a su promesa.

Las alianzas de Dios con los hombres se repiten en la historia, son pactos de amor y fidelidad mutua, Dios protegiendo al hombre, el hombre confiando y obedeciendo a Dios. En la nueva alianza Cristo, Dios y el hombre hacen un pacto de amor definitivo. Ahora estará con nosotros de manera visible en las formas del pan y el vino.

Hoy dirigimos nuestros ojos y nuestros corazones al Cuerpo y la Sangre de Cristo. Queremos agradecer, – eso es lo que significa Eucaristía: Acción de gracias- cuánto significa para nosotros la presencia continuada del Cuerpo y la Sangre de Cristo. Un memorial de su entrega hasta la muerte y de su resurrección como vida para el hombre. Profundo misterio de fe e inefable sacramento de amor.

Aunque hemos terminado los cincuenta días en que celebramos la Pascua de Resurrección, la Iglesia en su liturgia nos asegura que mientras esté con nosotros el Cuerpo y la Sangre de Cristo, la Pascua no termina. Cristo sigue muriendo por nosotros y resucitando en y para nosotros: “Cada vez que comemos de este pan y bebemos de este cáliz, anunciamos tu muerte, Señor, hasta que vuelvas”. Así hacemos referencia a nuestro deseo de esperar la segunda venida de Cristo, pero en cada hoy, Jesús se hace presente al reunirnos para partir el pan.

Por eso el hombre no debe sentirse nunca solo. Dios ha buscado muchísimas formas de recordarnos que está con nosotros, pero la más extraordinaria es cuando lo recibimos en su Cuerpo y su Sangre en la comunión. Por eso el Amén que respondemos al sacerdote o ministro de la Eucaristía que nos la entrega, debe ser fuerte y claro, porque estamos haciendo pública profesión de que lo que estamos recibiendo no es un pedazo de pan y un poco de vino, sino el Cuerpo y la Sangre de Cristo, ¡y no podemos recibir nada más valioso que esto! Dios, en su grandeza y omnipotencia, hace gala de humildad y se ofrece al ser humano, pecador, para que se alimente y fortalezca.

El cristiano al comulgar, debe esforzarse por hacerlo con la mayor limpieza de espíritu posible. Dios entra en nosotros, y es como la visita que queremos y valoramos tanto que nos esforzamos por preparar condiciones para que su estancia entre nosotros sea lo mejor posible. Acerquémonos al sacramento de la Reconciliación con frecuencia para que Dios habite en el corazón limpio de quien lo recibe.

Otra invitación que nos hace la Eucaristía es a dar testimonio. Ella es signo de comunión entre los hermanos. En ella nos alimentamos del amor de Cristo, nos identificamos con sus sentimientos y actitudes de acogida y entrega. En la Eucaristía com- partimos; con- vivimos, comulgamos. Urgidos a aceptarnos y comprendernos, a perdonarnos y a querernos. Después de comulgar tenemos que salir con fuerza para superar toda enemistad, rivalidad, distanciamiento con cualquier hermano. Y también estamos invitados a servir, aunque esto implique limitarnos de algunas comodidades, hábitos, o bienes. Estamos llamados a ser pan en medio de la sociedad. No podemos actuar igual que antes, después de haber participado del Banquete del Señor.

En medio de tanto dolor, incertidumbre, agobio, en estos tiempos, los cristianos estamos llamados a sembrar esperanza, a transmitir paz en medio de las situaciones violentas, a motivar la confianza y la alegría.

Las estadísticas de estas últimas semanas nos avizoran una luz al final de esta experiencia vivida por la Covid- 19. No podemos volver a la cotidianidad tratando de engañar a mi hermano para sacar provecho, o viviendo mi vida sin importar la situación de quienes están solos o desamparados. No podemos convertirnos en lobos del hombre por las carencias que puedan existir. Pero sobre todo no debemos olvidarnos nuevamente de Dios porque creamos que ya pasó la tormenta y fuera de ella no lo necesitamos. Este tiempo ha sido una escuela para recordarnos que por nuestras solas fuerzas no podemos avanzar. Que la ciencia se desarrolla y el hombre logra grandes proezas, pero es la mano de Dios y la fuerza de su Espíritu la que empuja desde atrás. Que no crezca nuestro orgullo y el creernos suficientes. Todos nos necesitamos y todos necesitamos de Dios. Ante la gracia de su presencia y su sostén, no dejemos nunca de agradecer. El tiempo que podamos emplear en visitar el Santísimo y estar un rato hablando con Dios, cuando se reabran los templos, nos dejará una sensación de riqueza y paz que por muchas palabras que yo emplee no puedo explicar totalmente. ¡No te pierdas de vivir esta experiencia!

Hoy Cristo nos dice que Él es el Pan de Vida. Este alimento ha sido subido a la cátedra de lo imprescindible. Hemos recibido una invitación por parte de Dios.

El pan es el alimento más básico y sencillo. Jesús nos propone hacernos (y él da el primer paso) cercanos, humildes, sencillos, austeros, sinceros en medio de la realidad cotidiana.

Estamos eternamente posponiendo nuestra entrega a un más allá que nunca llega; mientras a nuestro lado, el hermano que ha puesto Dios en nuestro camino sigue pasando hambre…

Jesús nos enseña a darse del todo: Cuando alguien da comida a otro, el primero se queda sin ella por bien del otro. No se puede aprovechar la comida sin que ésta se gaste, de forma irreversible. No es como otro tipo de objeto que no se gasta por el uso, sino que la comida dada, queda entregada para siempre, del todo. Jesús nos invita a darnos del todo, no solo “un poquito”, no solo “a veces”, no sólo “depende”, no solo “a mis amigos”… no solo “mientras yo no pierda”. ¡Qué le pregunten a Jesús en la cruz y veremos que la respuesta ha sido un darse sin medida!

Que la Virgen de la Caridad, nuestra Madre, nos acompañe siempre y ponga a Jesús en  nuestro corazón para que valoremos su presencia real en la Eucaristía y siempre le demos gracias por ella.

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