Mensaje de Mons. Juan de Dios para el 24 de mayo

Queridos hijos e hijas de la diócesis de Pinar del Río que nos escuchan a través de este medio, les habla Mons. Juan de Dios Hernández Ruíz, Obispo de esta diócesis y pastor de todos.

Hoy la Iglesia celebra la Solemnidad de la Ascensión del Señor. Con el Salmo que la liturgia nos propone rezamos todos: “Dios asciende entre aclamaciones… Dios es rey de la tierra entera… Dios reina sobre las naciones… Dios se sienta en su santo trono”.

La ascensión de Cristo significa la consumación de su misión en la tierra. Es el remate del camino recorrido para salvar al hombre. Jesús ha completado su obra, pero nosotros tenemos que continuarla. Ahora empieza la tarea de la Iglesia y la era del Espíritu.

“Todos los años, en la víspera de la fiesta de la ascensión, la cima del Olivete, (monte donde la tradición recrea la escena) se ve inundada de alegría. Cientos de cristianos e, incluso, de musulmanes, suben a festejar el triunfo definitivo de Cristo, su marcha gloriosa a los cielos. Y las laderas del monte se pueblan de tiendas de campaña para pasar la noche, de altares improvisados para las celebraciones… Y la medianoche se ilumina de cánticos, de humo de incienso, de liturgias que se entrecruzan. En el atrio del templo celebran los griegos y los armenios; un poco más allá los coptos; en el interior los latinos. Una de las cosas que los une a todos es que sus ojos se van inevitablemente al cielo, porque saben que allí, en este sitio, se alejó definitivamente el Señor a la vista de los suyos.”

Hacía más de un mes que había ocurrido el gran acontecimiento de la Resurrección. En distintos momentos Jesús se presentaba en medio de ellos venciendo las leyes de la materia. Le habían visto aparecer y desaparecer en un instante. Pero ahora parecía haberse revestido de una calma solemne. Haciendo aquel ademán suyo de levantar las manos al cielo para bendecirles, comenzó a separarse de ellos. Lentamente. Había llegado el momento de volver al Padre. Aquel lento alejarse emanaba poder y majestad.

Sin embargo, Jesús no se va en silencio. Sus últimas palabras son el mandamiento que ha movido a miles de cristianos en el mundo entero a abandonar sus costumbres y comodidades para residir en los rincones más recónditos de la tierra y anunciar a Jesús de Nazaret: “Vayan al mundo entero”.

No dijo vayan a los buenos, a los que son agradables, a quienes aceptan mi mensaje, a quienes más amen. Dijo: “Al mundo entero”. Por eso la buena noticia de Cristo es una invitación para todos los hombres sobre la tierra. La experiencia de Dios que tenemos los cristianos no es para que nos la callemos sino para que la gritemos a todos los que conocemos, sin discriminar a nadie.

Dios nos ha creado libres de aceptar la invitación a seguirlo o no, pero a los cristianos nos pasaría como al profeta Jeremías: La voz de Dios nos quema dentro si no lo damos a conocer.

“Vayan y hagan mis discípulos… vayan y bauticen en el Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”. Los discípulos son ahora mensajeros y testigos de todo lo que han visto y aprendido al lado de Jesús.

Esta misión de evangelizar es tarea de todos los bautizados, según nuestra vocación y estado de vida. Tiene un carácter universal. Por eso no se limita solo a un lugar concreto. A la hora de realizar esta tarea misionera, Jesús nos ha prometido que está y estará siempre con nosotros. Su promesa es nuestra garantía. Anunciamos a Jesús, presentamos a Jesús y su mensaje al mundo, no imponiendo, sino proponiendo. Por eso encontramos a los catequistas, los misioneros, los jóvenes, que están tan presentes en las redes sociales; en general todos los agentes de las distintas pastorales, que se encargan de hacer presente la acción de la Iglesia en medio del mundo. Ojalá Cristo reine en los corazones de toda la humanidad y así el mundo se hará más humano, más solidario y más fraterno.

Hoy que la Iglesia celebra la 54 Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales, vivamos este espacio como una oportunidad de reflexionar acerca de quiénes somos dentro de la labor evangelizadora de las comunidades cristianas. Todos somos comunicadores, todos comunicamos, pero aquellos que han centrado su compromiso de manera especial bajo el sello de la comunicación social deben ser conscientes de que nuestro estilo de comunicar debe ser modelo para los demás. En esta labor se muestra la dignidad y la riqueza de la Palabra de Dios, por eso deben buscar los espacios de formación para utilizar debidamente la palabra, la escritura, la imagen, e incluso las nuevas tecnologías. Es una tarea que exige constante creatividad puesta al servicio del Reino.

Debemos generar ideas originales, entretenidas, capaces de llegar al corazón de nuestro interlocutor y transformar su vida con el poder vivificador del Evangelio. Recordemos siempre que nuestro compromiso primero es con Aquel que es el Camino, la Verdad y la Vida. Y son palabras que escribimos con mayúscula, porque no nos referimos a cualquier persona, sino a Jesús de Nazaret, quien nos ha escogido de manera personal, a cada uno de nosotros, según nuestros carismas, para desarrollar tareas concretas que llevan a anunciarlo a Él.

Debemos fundamentar la verdad que proclamamos. No podemos ser «opinólogos» como tantos presentes en los medios. Cada tema que tratamos debe ser tratado con responsabilidad.

Para lograrlo el comunicador católico tiene que tener una experiencia profunda de Dios. Debe dejar las huellas de sus rodillas en el piso frente al Sagrario, porque de esta experiencia profunda y auténtica podrá hablar luego nuestra boca. Él es un testigo de Cristo, y como los apóstoles ha de decir aquello «que ha visto y oído»: su experiencia profunda de fe personal y comunitaria. Esto lo perciben los receptores de nuestros mensajes. El testimonio personal es el  

mejor anuncio que podemos hacer. Es nuestro camino de santidad. Asumir con seriedad nuestra misión de comunicadores católicos y de evangelizadores en general, es asumir con seriedad nuestra santidad de vida. Desde allí podemos esperar buenos frutos de nuestros desvelos en pos de la evangelización.

En estos tiempos que hemos vivido desde los hogares y en el que las redes sociales y demás medios de comunicación han jugado un papel significativo, es bueno reconocer la labor que han realizado todos aquellos que desde diversas latitudes se mantienen informando a la población, acompañando e infundiendo ánimo y esperanza. Gracias a todos aquellos que desde el compromiso con la verdad, centran sus mensajes en informaciones reales, para lejos de infundir miedo o entretener con medidas sin fundamento, colaboran para que la población conozca la realidad de estos momentos.

Gracias también a todos aquellos que a lo largo de la historia de la humanidad se han mantenido al pie de la noticia, dando a conocer testimonios, denunciando injusticias, defendiendo derechos, anunciando esperanza.

Me gustaría terminar estas palabras compartiéndoles unas ideas del papa Francisco, que las hizo públicas en el Mensaje para la 48 Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales en el año 2014, en el que nos decía a todos: “En este mundo, los medios de comunicación pueden ayudar a que nos sintamos más cercanos los unos de los otros, a que percibamos un renovado sentido de unidad de la familia humana que nos impulse a la solidaridad y al compromiso serio por una vida más digna para todos. Comunicar bien nos ayuda a conocernos mejor entre nosotros, a estar más unidos. Los muros que nos dividen solamente se pueden superar si estamos dispuestos a escuchar y a aprender los unos de los otros. Necesitamos resolver las diferencias mediante formas de diálogo que nos permitan crecer en la comprensión y el respeto. La cultura del encuentro requiere que estemos dispuestos no sólo a dar, sino también a recibir de los otros. Los medios de comunicación pueden ayudarnos en esta tarea, especialmente hoy, cuando las redes de la comunicación humana han alcanzado niveles de desarrollo inauditos… y esto es algo bueno, es un don de Dios.”

Que la Virgen de la Caridad nos ayude a ser comprometidos anunciadores de la Buena Noticia que es su Hijo Jesucristo.

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